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Agroecología

De la esclavitud a la soberanía alimentaria

Por Maxi Goldschmidt*
Fotos de Pablo E. Piovano*

En el kilómetro 72 de la ruta 5, a la altura de la localidad de Jáuregui, en Luján, detrás de un terreno alambrado donde se levanta un galpón gigante, nace un camino de tierra por el cual se accede al Ramayón. Así se conoce aún al ex instituto, psiquiátrico y cárcel de mujeres que durante años permaneció abandonado. Una edificio blanco de más de un siglo, rodeado de 80 hectáreas de bosque.

Hoy en ese lugar se encuentra una postal de otra Argentina posible: La colonia “20 de abril – Darío Santillán”,  uno de los proyectos agroecológicos más prósperos y singulares de la provincia de Buenos Aires. Allí viven, trabajan y estudian 31 familias productoras de verdura, muchas de las cuales, a lo largo del recorrido dijeron, con palabras parecidas, que están “aprendiendo a dejar atrás la esclavitud”.

-Ahora estamos teniendo casi una vida digna.

Casi.

Desconfianza, el primer “veneno” contra la agroecología

Una tranquera blanca, despintada; treinta metros después la primera casa. Una casa de material, de un amarillo cansado, un patio alambrado con gallinas que no lo respetan. Un eucalipto alto detrás de la casa, junto al cual se ve otra entrada de material, otro portón. Gallinas por todos lados. Una amarilla, mostaza, blanca y negra, subida a un tanque de agua. La casa la habitan Rosalía Castillo y Miguel Reyes, que viene en bicicleta, que tiene puesta una gorra verde y que en un rato mostrará con orgullo su plantinera.

-Me decían que estaba loco.

Recuerda Miguel sus primeros pasos con la agroecología. La desconfianza propia y de la mayoría de los productores al escuchar que era posible producir sin “curar”, como acá aún siguen llamando a lo que dejaron de hacer: “Echarle remedios” a las verduras. Echarle químicos, echarle veneno.

“Allá se curaba mucho. Siempre me dolía la cabeza. Y a la larga eso te hace mal”, dice Miguel de sus tiempos en La Plata. “Me ahogaba, y no sólo por el veneno. Además de respirar eso, no dejaba de pensar un solo segundo en que la plata no alcanzaba, en cómo hacer para pagar el alquiler”, dice Rosalía mientras apoya un bizcochuelo decorado sobre la mesa. Hoy en la reunión de Comercialización le festejan el cumpleaños a un compañero.

“Uno pensaba que no se podía. Pero ahora es al revés, ya ni sé cuántos somos. Cada vez más productores se vuelcan a la agroecología porque está todo muy caro, las semillas, los remedios, todo es a precio dólar”.

Al encontrarse con un incrédulo, Miguel repite:

-Vos tenés que probar. Probá tres o cuatro surcos. Y te vas a convencer.

Una tierra viva: familias, pájaros, bichos

Si se sigue avanzando por el camino de tierra, a izquierda y derecha se extiende profundo un bosque de acacias, algarrobos, eucaliptos. Aparece otra casita con un alero. Una casa cremita, despintada. Pavos reales alrededor de un aljibe en desuso, que hace las veces de maceta gigante. Pájaros por todos lados.

Franz Ortega nos guía en la primera recorrida. Franz tiene 41 años, mirada clara, gorro rojo, suéter negro, pantalón de corderoi. Del omóplato izquierdo lleva colgado un escardillo, una especie de pequeña azada que parece una extensión de su cuerpo.

Franz nació en Tarija y es, como varios de sus compañeros de la colonia, parte de una generación de bolivianos que llegaron al país de muy niños; en su caso a los 12 años. Llegó de la mano de su hermano de 15, a quien había traído a la Argentina su tío. Después Franz trajo a un hermano menor. Y el hermano a otro hermano.

En la desgrabación de las entrevistas lo primero, y lo que más se escucha, son pájaros. El sonido de fondo de la colonia agroecológica de Luján es de gorriones, zorzales, catitas, cardenales, jilgueros, corbatitas, loros, teros, palomas, aguiluchos.

Una pareja treintañera cubre con un largo nylon un bancal de tierra donde brotan hojas de frutilla. Su hijo, de unos seis siete años, juega con un camioncito a pocos metros, junto a dos perros que descansan al sol.

Al lado del surco de frutillas hay toda una línea de hinojos. “Es un corredor biológico, larga olor y espanta a los bichos”, explica Franz.

-La idea no es matarlos, sino ahuyentarlos. Ellos son vida también.

A contramano del monocultivo transgénico, acá se busca plantar mucha variedad. Otra de las formas de evitar las plagas. En pocos metros se ven surcos cultivados con repollo colorado, repollo blanco, kale, brócoli, acelga, puerro, cebolla, apio, remolacha.

Aunque a algunos productores aún les cueste acostumbrarse, otra de las claves es “no desyuyar”, explica Franz.

“Si vos pelás todo lo que hay alrededor de la verdura es más fácil que te la ataquen, pero si hay otras plantas y yuyos los bichos también comen de ahí”.

¿La agroecología no es negocio?

Un carro, una pelota de básquet, una de fútbol pinchada. Dos niños que juegan en el fondo de una casa con una caña. A la derecha se ve una huerta, la primera hectárea de las treinta y pico que ya fueron cultivadas. Proyectan veinte más, que serán veinte familias que dejarán de alquilar y tendrán su pedazo de tierra.

Ahí están los surcos. Son quince y cada uno tiene unos cien metros de largo, con una división en el medio para facilitar el riego. En los primeros tres sólo montañitas de tierra. A partir del cuarto ya se ven brotes y después se empiezan a reconocer las jóvenes acelgas, alcauciles, remolachas, rúculas. Un alcaucil destaca, verde y morado, sus hojas grandes, abiertas al sol. Después tres bancales más de acelga y el bosque que se extiende nuevamente.

Cada familia produce lo que quiere, aunque todas las semanas se reúnen en asamblea para definir cuestiones de organización colectiva y convivencia (hacer o extender la red de agua, de luz, gestionar los servicios que faltan, como el gas o internet, dividir los días y horarios de uso del único tractor de la colonia, ayudar a preparar el terreno o la casa de una nueva familia, etc) y también para, entre todos, encontrar la mejor forma de comercializar lo que producen.

Dos o tres veces por semana se envían bolsones a los almacenes de la UTT y se comercializan por la zona. De cada bolsón vendido, se separan 12 pesos para obras de bien común. Así se pudo construir el Almacén, con ese dinero y más de diez jornadas de trabajo voluntario. Un gran paso para estas familias: ya no sólo venderán sus verduras; también productos de otras cooperativas y productores, que a su vez podrán comprar a precio mayorista para su consumo.

El camino hacia la transición agroecológica

Entre la casa del aljibe y la primera huerta, un alambrado oxidado, decorativo. Otra reja, que suele quedar abierta y un sendero hasta la entrada de un gran edificio, antiguo, pretencioso, decadente; el Ramayón propiamente dicho. A la izquierda del alambrado que rodea el edificio una casa con mucha leña apilada. Un colectivo celeste, abandonado, tuerto, con una inscripción: Consejo Nacional del Menor y la Familia. Y junto al galpón donde se lava y se separa la verdura, el flamante Almacén. En este video se puede ver el momento de la inauguración y, desde las voces de sus protagonistas, conocer más acerca de la historia de la colonia.

Virgilio tiene la misma edad que Franz pero parece más viejo. Se le acaba de romper el cabo de la azada y con un machete intenta sacarle punta a un palo demasiado grueso. Es flaquísimo y tiene una cara triste con surcos. Le asoman gotas de transpiración debajo de una gorra gris desteñida. Lo saludamos y se presenta. “Arias Virgilio”, dice. Y cuenta que está limpiando, preparando la tierra para su primera cosecha. Su familia -esposa, cuatro hijos- espera en La Plata, donde alquilan un terreno que ya no pueden pagar. Por eso Virgilio tiene que apurarse. Viene durante algunos días a Luján a trabajar todo el día. Duerme en casa de otros compañeros. Cuando venga su familia, después de la primera cosecha, se pondrá a construir su casa. Ahora atraviesa el momento más difícil: desmalezar, sacar raíces, salir de la esclavitud.

-Tiene que hacer disquear. Y recién después el arado.

Le dice Franz, que hunde el escardillo en la tierra y le pregunta hasta dónde llega su hectárea. Virgilio señala unos metros adelante. Se ponen a hablar de precios.

En La Plata Virgilio paga 15.000 pesos por mes por una hectárea, 10.000 en productos químicos y 2.000 la hora de tractor. Por dos sobres de semillas de tomate perita más el paquete de agrotóxicos correspondientes pagó otros 15.000 pesos.

– Lo que ganás lo tenés que volver a invertir. Y encima te envenenás.

Dice Virgilio y explica que sale un producto para la mosca blanca, lo comprás para matarla y después te dicen que en realidad el problema son los huevos, y tenés que comprar otro que es para los huevos. Así todo el tiempo. Siempre hay una plaga nueva, y otro producto más caro para combatirla.

“El mismo sistema te somete -dice Franz-, uno quiere seguir y no se da cuenta que no va a levantar cabeza nunca. Uno no puede salir. Y recién lo ves cuando venís acá. Allá el que gana es el intermediario. Acá una producción al año como mucho son 50.000 pesos. Allá, 600.000”.

 

Una tierra propia y sin venenos

-La helada nos jodió. El granizo dejó como puré la verdura.

Dice Olga Guerrero, 54 años, jujeña, sombrero de jean. Está arrodillada sembrando rabanitos en uno de los surcos de un flamante invernadero. Entre los cultivos se ven cardones por todos lados. “Me gustan mucho, me hacen acordar a mi tierra”, dice Olga, que soñaba hasta hace dos años volver algún día a San Salvador. “Es que nunca pensaba que podía tener mi propia tierra. Ahora acá estamos bien, aunque la helada nos jodió ayer tres surcos de tomate”.

“Cada surco son 4.000 pesos, así que perdimos 12.000”, dice Roberto Mercado, su marido, camisa a cuadros, gorro playero, radio en la mano, zapatillas Nike negras.

Hace dos años ambos vivían en La Plata. Él tiene una enfermedad respiratoria que en Luján le afecta menos. “Allá trabajábamos para pagar el alquiler. Acá estoy más tranquila, sin pensar tanto en las deudas. Para eso nomás era la plata. Y encima mi marido curaba mucho. Se bañaba en remedio. La mochila le chorreaba en la espalda y todo el tiempo estornudaba y vomitaba. Ahora se siente mejor”, dice Olga, que cuenta que volvió a comer morrón. “Allá se digería mal, le ponen mucho remedio”.

“Acá nadie sabe leer y escribir”

Gustavo Manfredi es el profe. Así le dicen quienes se lo cruzan por la colonia. Lo cargan, le sonríen. La complicidad respetuosa que se le tiene a un maestro querido. Una tarde hace cuatro años Gustavo llegó para comprar verdura. Lo recibió Franz, que mientras cosechaba acelga y puerro de su propia huerta, le preguntó:

-¿Usted a qué se dedica?

-Soy docente.

-Ah, acá nadie sabe leer y escribir.

Unos segundos de silencio y la pregunta dubitativa de Franz:

-¿Usted se animaría?

-Sí, por supuesto.

-¿Pero cuánto nos va a cobrar?

– No, nada. Yo estoy empezando una huerta, si ustedes me dan una mano podemos intercambiar conocimientos.

A partir de ahí durante meses Gustavo se fue presentando en las casas y haciendo un relevamiento de las condiciones educativas de cada familia. Hasta que un viernes a las siete de la tarde empezó el taller de alfabetización.

“Yo había militado en el Frente (Darío Santillán) y había dado talleres en villas, por eso me sorprendí cuando llegué y vi a 15 personas, re puntuales, esperándome. En los barrios no suele ser así, hay que ir a buscar casa por casa. Y encima cuando terminó esa primera clase, varios me dijeron: déme tarea”, cuenta Gustavo, que al terminar ese año preparó una ceremonia en la que entregó los certificados que había impreso en su casa.

Agradecidos, los alumnos -entre los que se encontraba Don Velázquez, de 70 años- no sólo querían seguir estudiando: querían un título que tuviera validez. Así fue como en 2017 se firmó un acuerdo con el municipio de Luján y el ministerio de Educación de la provincia de Buenos Aires para hacer una extensión primaria. Se dictó el nombramiento de una docente (Lucía Navarro), que junto a Gustavo le enseñó a leer y escribir a casi toda la colonia. Yeli Navarro fue la primera egresada.

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En 2019 se abrió la secundaria. Tras otra larga lucha burocrática el año pasado fue reconocida como una de las pocas escuelas de todo el país con formación en oficios especializada en agricultura agroecológica.

“Ahora nuestro próximo sueño es una universidad campesina”, dice Franz, una de las más de 20 personas que llegaron a esta colonia sin saber leer ni escribir y que hoy siguen estudiando. “Antes era más difícil defender nuestros derechos, venía alguien con un papel firmado y teníamos que agachar la cabeza”.

Mis hijos no van a ser esclavos

Yeli Navarro se aparta unos metros del galpón donde Yofre está soldando un portón tipo granero. En unos días más allí se inaugurará el Almacén. Ella será una de las encargadas, como parte del equipo de Comercialización, donde también participa el profe Gustavo. Todos recuerdan la ceremonia de entrega de diplomas de Yeli; el himno boliviano y una whipala flameó junto a una bandera argentina.

Yeli habla suave y sonríe mucho. Kiara, su hija de cinco años, se le pega al cuerpo y le pide en susurros que le arregle el pelo. Yeli le hace una trenza y la niña se va corriendo.

Hace pocas semanas Kiara celebró por segunda vez lo que su mamá nunca pudo: su cumpleaños.

-Mis hijos no van a ser esclavos como fui yo.

Dice Yeli que recién cuando llegó a la colonia se dio cuenta la vida que llevaba. Ella nació en Tarija, Bolivia. Tiene once hermanos. Sus padres no podían mantenerlos y ella comenzó a trabajar en el campo desde los seis años. Caminaba una hora para llegar al colegio. Lo dejó a los 14, cuando vino a la Argentina a recoger frutillas junto a una hermana de 21. Compartían un cuarto con su cuñado. Después se mudó a La Plata, se casó, y con su marido trabajaban de medieros, arrenderos o peones. Los meses de embarazo fueron los peores. “Todo el tiempo descompuesta por los químicos que aplicábamos. Dolor de cabeza, mareos, vómitos y los días de calor nos metíamos en los invernaderos y a los pocos minutos había que salir porque no se aguantaba”.

Muchos días que no conseguía dejar a Kiara con nadie tuvo que llevarla con ella a trabajar. Lo cuenta con dolor, con la mirada en esas jornadas de más de 12 horas en el campo, cada una pagada a 60 pesos, o a lo sumo un contrato mensual de tres mil “que apenas alcanzaba para pañales y leche”. Yeli tiene otro hijo, Baltazar, de 4 años, que prácticamente se crió en la colonia.

“Ahora tengo más tiempo con ellos, más libertad. Acá cada uno trabaja las horas que quiere, no hay patrón. Tenemos nuestra parcela, los chicos van a la escuela y pueden jugar por cualquier lado. Antes yo era una esclava y no me daba cuenta”, repite Yeli, que hace pocas semanas terminó su casa.

“Me pasaba todo el día fumigando”

De un arbolito joven cuelgan al sol dos pares de zapatillas sin cordones, unas botitas rosa y dos pares de crocs negras. Al lado, en otro árbol, cuelga como un monito un pibe de unos 10 años. Kevin Perales Torres ve la cámara y baja. Viste remera del hombre araña y crocs negras. Dice que le gusta vivir acá porque hay muchos árboles, una canchita de fútbol y puede andar en bici.

Isaías Reyes tiene 29 años y es el primo de Kevin. Pasa cargando una carretilla rebosante de espinacas y rúcula. La estaciona frente a una canilla. Isaías llegó a la colonia hace dos años junto a su esposa embarazada. Hoy su hijo tiene poco más de un año.

“El tema del tiempo”, es lo que más disfruta de su nueva vida. “Allá si querés ganar algo de plata tenés que trabajar 12 horas por día”. Allá es en las chacras de City Bell, donde trabajaba con flores, sacando pimpollos o yuyos. Se ponía un piloto de cuerpo entero y una máscara. Igual, siempre le dolía la cabeza.

-Me pasaba el día fumigando. Me sacaba el piloto y tenía todo el brazo lleno de veneno.

Dice mientras con una manguera limpia espinacas. Hoy es día de armado de bolsones. Esta mañana sembró choclo y zucchini. Le va agarrando la mano, pero le costó aprender agroecología. Desde los doce trabajaba “curando”.

La biofábrica, el laboratorio de la agroecología

De una de las construcciones abandonadas que se mantiene en pie, en un par de jornadas de trabajo colectivo se sacaron los árboles que crecían dentro y se puso un nylon negro como techo. Allí funciona la biofábrica, en un galpón sin puertas ni ventanas, y donde a falta de pizarrón se improvisa una caja de cartón clavada en la pared y se escribe con la punta de una madera quemada,

-Llegan dos más para trabajar.

Dice Mauro, un cachete inflado de coca, remera azul, alpargatas, celular asomando del  bolsillo del pantalón. Mauro Fernández es el encargado de dar el taller de COTEPO, el consultorio técnico popular de la UTT que pasa, de boca en boca y en la práctica cotidiana, los saberes de la agroecología.

En la biofábrica de Luján hay talleres todos los jueves. Y hoy toca embolsar bocashi y hacer, por primera vez, filtración de purín.

El bocashi es un abono orgánico que se produce mezclando tierra, una capa de bosta de vaca, pollo o chiva, melaza, ceniza, levadura, hojarasca del monte, cáscara arroz y agua.

“El olor que se siente es el abono de chiva”, dice Don Flores, un anciano arrugado con chaleco raído, remera turquesa y gorra azul. “Eso es lo que le aporta minerales”, explica y mete las manos en la tierra. Está caliente, invita al resto a probar la temperatura.

Don Flores se llama Primitivo, y es el mayor de la clase. Tiene 62 años. A su lado, de la misma altura de la pala que usa como caballo, juega Kiara, que tiene 5. Entre ellos, miran atentos y aprenden en la práctica Jessica (20), Daniela (21), Ivan (21), Fernando (14), Gabriel (24), Luciana (36) y Margarita (22), que mira todo más alejada con un caniche blanco entre los brazos.

-¿Quién tiene bolsas cebolleras? Para filtrar el purín.

-¿Un tul sirve?

-Sí, también

En un tacho azul desde hace 15 días se mezclan 200 litros de agua con unos 20 kilos de cebolla bien picada. Todos los días se remueve la mezcla. Y hoy toca filtrarla y embotellarla.

“Esto reemplazaría un repelente. Es para ahuyentar, nada para matarlos, porque todo es parte de la naturaleza y hay que buscar el equilibrio y ver cómo trabajar con los bichitos sin que nos perjudiquen. Si hay bichos, es una producción saludable. Quiere decir que hay salud en la tierra. El suelo vivo es la base de la agroecología, de allí salen alimentos con vitaminas y nutrientes”, dice Mauro, que señala los tachos de purín de ortiguilla y de paradiso, que también están en etapa de fermentación y que sirven como abono, fertilizante y repelente natural.

Kevin, dice en tinta china el antebrazo del muchacho que vierte el contenido de un bidón en un balde blanco. Su pareja, también joven, tímida y callada, sostiene el embudo fabricado con una botella de gaseosa. Los ojos de Kevin, apenas más alto que el bidón, siguen todo desde muy cerca.

-Esto es la agroecología. El árbol no se puede ir secando. Vincular a los chicos, a las familias es muy importante. Si no hay eso, no es agroecología. 

De un tacho azul sale una manguera unida a una botella de Coca Cola. “Es un Biol, para raíces y engorde de plantas”, dice Mauro, que detalla la preparación que incluye cloruro de calcio y sulfato de magnesio. Explica el procedimiento, aunque no queda muy claro para los presentes.

-Otra manera de explicar, con perdón de los periodistas, es imaginar que el tacho es la panza y la botella el culo. Por la manguera el preparado se tira pedos.

Sonríe Mauro, que le pide a Daniela que si va a su casa traiga una bolsa de cebolla para filtrar el purín y, si puede, pase por la suya y agarre un balde que dejó al lado del gallinero. La chica se va corriendo y vuelve a los dos segundos.

-Me llevo la bici.

Y se pierde por el bosque de acacias, eucaliptos y…

-¿Qué se llama este verde?

-Ligustro

Le responde Don Flores a Jéssica, mientras Mauro pregunta en voz alta: “¿Quién se anima a filmar un videito y mandar a Cotepo?”.

Las actividades se comparten en un grupo de Whatssap para que los productores del resto del país vean en vivo cómo sus compañeros llevan adelante las tareas y así aprendan y se corrigen entre sí.

“Tanto tiempo tan ciego estábamos, haciendo las cosas mal si seguir la cadena de nuestros padres y de nuestros abuelos. Lo lindo ahora es que recordamos la cultura nuestra, compartimos las enseñanzas de nuestros mayores, el conocimiento viene de ahí. Antes no había químicos. Y hay que decirle al productor que sí se puede. Se puede volver a los años de antes, a que todo sea natural. A tener tiempo, dejar de malgastar nuestra vida para que ganen plata otros”, dice Mauro, que tiene 37 años y desde los once trabajaba fumigando: “Me curaba todo el cuerpo, te obligaban. Uno era chico y lo tenía que hacer”.

Mauro sueña con que haya más colonias en todo el país. Y que se apoyen los diferentes proyectos que están presentando. Como varios de sus compañeros, insiste en que no quiere que le regalen la tierra. Pero sí que le den créditos blandos para producir. “Te veías esclavizado al trabajo porque te obligaban los gastos. A la noche no dormía, uno decía que iba a descansar pero era mentira porque cerraba los ojos y pensaba cómo voy a cubrir esto, cómo voy a cubrir lo otro. Era una explotación física y mental. Es muy tenso, y hay tantos productores que están viviendo así. Por eso el impulso de la agroecología, para rescatar a más compañeros de la esclavitud”.

“Vi a muchos compañeros morir envenenados”

La puerta de entrada a su casa es entre dos raíces gigantes. Siempre verde se llama el árbol dice Yufra, que viste una remera blanca con la foto de Dylan y Emanuel, sus nietos sonrientes y vestidos de futbolistas. Por la remera blanca, abultada en la panza, justo a la altura de los botines de la foto, camina una hormiga negra. Yufra, que no se da cuenta o no le importa, dice pasen, pasen. Dos cachorros duermen sobre bolsas de arpillera con maíz. Otro muerde un choclo. Otro se rasca. Francesca, la madre, una perra negra y blanca, quiere escapar de otros dos cachorros que arrastra colgados de las tetas.

Emeldo Yufra, 64 años, movimientos lentos, barba despareja, la persona más convocada en la colonia. Sabe hacer de todo. Carpintería, herrería, electricidad, mecánica, plomería. “Aprendí viendo y ayudando”, dice y muestra orgulloso algunos de sus inventos caseros: una azada, un rastrillo y un aporcador, que sirve para hacer surcos en la tierra y que armó con un pedazo de hierro que soldó a una rueda de cochecito de bebé. “Todo hierrito sirve”, dice mientras su esposa hace una mueca de reprobación. La mitad del frente de la casa la ocupan pilas de hierros oxidados de todos los tamaños y formas.

Yufra trabajó desde los 14 años. Recorrió el país como embalador de frutas, peón por temporadas, medianero y después se dedicó a la quinta. En el medio trabajó 20 años como tractorista de “un gringo que un día alquiló su quinta y me dejó en banda”. Una tarde que manejaba el tractor Yufra fue envenenado. 

-Un mosquito estaba curando para que no entre el gusano y el viento trajo el humito hasta donde yo estaba.

Yufra se desmayó, estuvo unos días internado sin poder respirar y desde ese día apenas siente que están “curando” se le adormecen los labios. Dice que al principio solo se usaba Manzanate, Cisne azul y una botellita duraba años, pero después aparecieron químicos y más químicos.

-Vi a muchos compañeros morir envenenados.

La agroecología, esa libertad

Un muchacho de unos veintipico levanta un toldo. Debajo, impecable, su sueño: un Fiat 600 rojo, vidrios polarizados. Lo compró con la última cosecha, la que a otros en la colonia les permitió acercarse a la camioneta o levantar su primer invernadero. El joven pone en marcha el auto y se va despacito. Su perro lo sigue. Se pierde por el camino entre el bosque de casas precarias, de madera y nylon y otras derruidas, sin marcos de puertas ni ventanas, con techos agujereados o inexistentes, con árboles y yuyos creciendo dentro.

Algunas se pueden recuperar, y se recuperan. Otras quedan abandonadas y se construyen nuevas. Pero lentamente, de madera. El problema habitacional sigue siendo grave en la colonia, donde seis familias viven hace 5 años en el viejo y frío edificio del ex instituto Ramayón. El resto, levanta sus casas como puede. Hace unas semanas se firmó un convenio con diferentes ministerios para un plan de vivienda.

“Mi sueño es vivir acá, morirme acá y ver a mis hijos acá, o sea que no nos saquen, no andar nunca más como andábamos antes”, dice Rosalía, que hace cinco años dejó de ser parte del 80% de los productores de alimentos para consumo humano que en Argentina tienen que arrendar las tierras.

“Armamos un primer galpón con un rollo de nylon, con palos, con todo. Nosotros veníamos a quedarnos. Veníamos a agarrar la tierra y a cultivar. Ese era nuestro propósito. Llegamos y empezamos nomás a dar vuelta la tierra, a desmontar porque había un montón de árboles”, cuenta Franz ese 20 de abril de 2015, cuando decidieron entrar a estas tierras fiscales y abandonadas que se las venían prometiendo hacía años desde el MInisterio de Desarrollo y de Agricultura de la provincia de Buenos Aires. “Siempre faltaba un papel, una firma, y así pasaban los años. Hasta que un día no aguantamos más, ya no aguantamos más la esclavitud y las promesas. Desde ese día estamos acá”.

Aprender, a dejar la esclavitud

-Qué ha pasado acá- pregunta Franz, y mueve con su herramienta un pozo junto a uno de los surcos.

-Hormiguero.

Responde Nora Castillo, en cuclillas, bajo un gorro de ala ancha. Lleva zapatillas azules con cordones rojos, embarradas, y al pararse dice que tiró arroz y cáscara de naranja para que las hormigas se vayan para otro lado. Cuenta que hace tres años llegó a la colonia junto a su marido, al igual que dos de sus hijas que también trabajan una hectárea con sus parejas.

“La verdura con químico es más frágil. Enseguida crece. La que es sin químicos es más rústica pero se le siente más el sabor, el sabor que tenía antes”, dice Nora, que hace poco volvió a La Plata a visitar a conocidos y le sirvieron una ensalada de lechuga y tomate que no pudo comer.

“Antes no me daba cuenta. Respiraba y tocaba y comía veneno, sacaba verduras más lindas a la vista pero con litros de veneno. Ahora cuidamos nuestra salud y la de los que consumen. Y el medio ambiente. La gente que compra aquí ya no quiere ir a las verdulerías”.

Nora se arrodilla y mete las manos en la tierra, la remueve. Enseguida brota una lombriz de movimientos eléctricos. “Cuando hay lombriz hay vida, la tierra está viva y no hay agrotóxicos”. Nora cuenta que no le costó aprender agroecología, porque era lo hacían sus padres y sus abuelos. Sí le costó hablar. “Antes veía gente y me iba, pero con la UTT aprendí muchas cosas. Tuvimos muchos talleres y capacitaciones. Aprendimos a defender nuestros derechos como inmigrantes. Aprendimos a leer. Aprendimos, o estamos aprendiendo, a dejar de ser esclavos”.

* Articulo publicado originalmente en octubre 2020 en  Agencia Tierra Viva

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