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Hacemos una pausa

Pandemias: Detener el loop

Decimos que un video o una imagen está en loop cuando ha sido programado para reproducirse de manera continua, automática, sin pausas ni interrupciones. ¿Hemos entrado en modo loop?

 

A poco de darnos cuenta, estamos cerca de cumplir un año conviviendo con la pandemia en todo el mundo. Más allá de las expectativas en torno a las vacunas y las estrategias para sobrevivir y contener los daños en la población,  la comunidad científica internacional advierte la posibilidad de estar al frente de una ola de pandemias venideras. ¿Es así?
En marzo de 2019, el Dr. Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la Organización Mundial de la Salud, había dicho: “La amenaza de una pandemia de gripe sigue presente. El riesgo de que un nuevo virus de la gripe se propague de los animales a los seres humanos y cause una pandemia es constante y real.”
Basta hacer una búsqueda rápida en Google para darse cuenta que los pronósticos circulaban desde hace rato.

Un informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y el Banco Mundial   indicaba en septiembre de 2019, que el mundo se enfrentaría a un creciente brote de enfermedades infecciosas: entre 2011 y 2018, la OMS registró 1483 brotes epidémicos en 172 países. La BBC decía hace solo un mes, que estábamos ante “la tormenta perfecta” por la multiplicidad de factores que hoy convergen para que las epidemias se multipliquen.
En otro ámbito, los meteorólogos de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA), informaron que 2020 estará entre los diez años más cálidos, con un 75% de posibilidades de ser el más cálido de la historia.

El secretario general de la Organización Meteorológica Mundial , Petteri Taalas, dijo que si bien el COVID-19 ha causado una grave crisis sanitaria y económica internacional, la incapacidad de abordar el cambio climático puede amenazar el bienestar humano, los ecosistemas y las economías durante siglos.
En el medio, y casi desapercibidamente para algunos, la Comisión Europea lanzó dos iniciativas estratégicas que apuntan al avance de la agroecología como estrategia doble: cuidar el ambiente y proteger la salud humana.

Leer mas: La Unión Europea regula el uso de agroquímicos y busca potenciar la agroecología

Bill Gates había hablado de una pandemia mundial como esta en 2014

¿Qué tan probable es que tengamos un ola de pandemias?

No es menor recordar que,  una epidemia o pandemia (según su alcance) ocurre cuando una enfermedad, generalmente infecciosa, se propaga rápidamente a un gran número de personas en una comunidad o región. En la historia de la humanidad hemos sufrido diferentes epidemias. La historia y la ciencia nos han enseñado que estas sobrevienen ante la coexistencia de una serie de factores: poblaciones asentadas con más o menos condiciones de hacinamiento; contacto estrecho con animales en proceso de domesticación; uso compartido de las aguas para alimentación, higiene y producción y, finalmente, población malnutrida o con alimentación insuficiente o poco diversa ( principalmente a bases de cereales). Detengámonos un segundo en estos cuatro elementos. ¿En cuántos lugares podemos observar todo esto? No hay que irse muy lejos.

Sumado a esto, en nuestro tiempo observamos la destrucción de los ecosistemas naturales por la extensión de la frontera agropecuaria e industrial que destruye los hábitats de los animales salvajes y opaca la diversidad. Más allá del necesario debate en torno al desarrollo y la necesidad de aumentar la capacidad productiva, hagamos este ejercicio mental y asumamos con honestidad intelectual que, en verdad, la mano del hombre a avanzado sobre los ecosistemas de manera sideral.

Foto: Meteored

La organización Global Forest Watch , publicaba en 2017, que ese año habían desaparecido 15,8 millones de hectáreas o, lo que es lo mismo: 40 canchas de fútbol cada minuto durante los 12 meses transcurridos.
La destrucción de los ecosistemas implica la extinción de algunas especies, lo que a su vez provoca un desorden en la cadena trófica: la ausencia de predadores naturales permite que algunas poblaciones crezcan sin control, aumentando su frecuencia de contacto con personas y con ello la probabilidad de transmitir patógenos como ha pasado con roedores y murciélagos en muchos casos.
La globalización, el avance en el transporte y la deslocalización de los alimentos han sumado al combo rápidos y masivos desplazamientos de personas y mercancías, favoreciendo la propagación de las enfermedades infecciosas más allá de sus fronteras de origen.

A simple vista, entonces, hay que empezar a admitir que nuestras formas actuales de producir y consumir son, cuando menos, factores responsables de la pandemia. Otra gran evidencia de esta relación las vemos en la crianza masiva (tipo industrial) de diferentes tipos de animales, generando el fenómeno de la zoonosis. Los virus son los microbios más propensos a generar pandemias ya que están mejor adaptados para saltar de una especie a otra. Los virus zoonóticos son aquellos que proceden de algún animal y se adaptan al humano.

Solo en 2017 desaparecieron bosques equivalentes a 40 canchas de fútbol cada minuto durante los 12 meses

Por citar un caso emblemático, la pandemia de H1N1 (con genes de origen aviar) de 1918, conocida como gripe española, mató entre 50 a 100 millones de personas en todo el mundo y aproximadamente un tercio de la población fue infectada. En su momento todo quedó oculto por la guerra.  Si bien no hay certeza respecto al origen de aquel virus, existe cierto consenso en que fue el resultado de la mutación de una cepa aviar. Fue en Estados Unidos dónde se detectó por primera vez durante la primavera de 1918, entre el personal militar de Kansas.

Si nos vamos más atrás en la historia sabemos que fue la guerra bacteriológica la que eliminó el 90% de la población en los primeros 100 años de contacto en la invasión y colonización de América. El cólera, es otro gran ejemplo. Seis pandemias en sucesión mataron a millones de personas en todos los continentes. La séptima comenzó en el sur de Asia en 1961 y llegó a África en 1971 y a América en 1991. En la actualidad, el cólera es endémico en muchos países (OMS, 2019).

El resultado de las granjas de pollos y cerdos en general ha sido provocar una evolución artificial de las bacterias hasta hacerlas resistentes a los fármacos con que se las medican. Las gripes aviarias y porcinas que aparecieron en este tipo de establecimientos, tienen su origen en este tipo de procesos de hacinamiento, medicalización, contaminación y mutación de patógenos.

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Un ejemplo claro en nuestras tierras ha sido la relación entre los Feet Lot y el desarrollo del Síndrome Urémico Hemolítico causado por la Escherichia coli enterohemorrágica (ECEH). Prueba de ello es que los investigadores han encontrado que la infección por ECEH muestra en América del Sur una variación estacional, con un aumento de casos en primavera y verano, épocas que coinciden con el período en que se aíslan mayor cantidad de ECEH de muestras de ganado bovino.

Los investigadores han encontrado que la infección por Escherichia coli muestra en América del Sur una variación estacional, con un aumento de casos en primavera y verano, épocas que coinciden con el período en que se aíslan mayor cantidad de ECEH de muestras de ganado bovino.

Sin embargo, para quienes las consecuencias contadas en vidas y ambiente no son suficientes, el informe de la OMS y el BM al que hacíamos referencia arriba  y que fue preparado por la Junta de Vigilancia Mundial, también decía en septiembre 2018 que además de la pérdida de vidas, las epidemias y pandemias tienen efectos devastadores sobre las economías: más de US$ 40.000 millones en productividad como resultado de la epidemia de SARS de 2003; US$ 53.000 millones derivados de los efectos económicos y sociales del brote del ébola de 2014-2016 en África occidental; y entre US$ 45.000 y US$ 55.000 millones debidos a la pandemia de gripe por H1N1 de 2009. El Banco Mundial estimaba por entonces que una pandemia de gripe mundial de una escala y virulencia parecidas a la que tuvo lugar en 1918 supondría un costo de US$ 3 billones para la economía moderna, o lo que es lo mismo, el 4,8% del producto interior bruto (PIB); incluso una pandemia de gripe de una virulencia moderada tendría un costo equivalente al 2,2% del PIB. De acuerdo con la edición de junio de 2020 del informe Perspectivas económicas mundiales del Banco, esta, la causada por el impacto del Covid-19,  sería la peor recesión desde la Segunda Guerra Mundial, y la primera vez desde 1870 en que tantas economías experimentarían una disminución del producto per cápita.

Ante semejante abundancia de información y pruebas, parece al menos obtuso (y negacionista), no sentarse a re pensar, a re discutir, nuestras prácticas de consumo y formas de vida. Por supuesto que las responsabilidades son distintas para cada quien. Lo realmente necesario es rediseñar las estrategias de desarrollo productivo a las que como sociedad apostaremos en el futuro para cambiar esta realidad. Algo de esto parece haber calado ya que ayer se anunció, tras un mes de polémica y debate, la postergación de la instalación de granjas de crías porcinas en nuestro país.

Si bien el acuerdo China-Argentina había salido a la luz en marzo de 2020, tomó notoriedad hace apenas un mes cuando ambientalistas, periodistas y agrupaciones de jóvenes y ambiente lograron instalar el #bastadefalsassoluciones en clara apelación a este concepto de desarrollo que lejos está de ser exitoso en términos sociales, ambientales y económicos.
La puja de intereses se hace sentir incluso dentro del Estado.  Bastará ver el debate ( y los diversos posicionamientos) sobre ley de presupuestos mínimos para la protección de humedales que llegó al Congreso el mismo día que la Ciudad de Buenos Aires era tapada por el humo de la quema de pastizales en el delta del río Paraná.

Esta claro que no solo el sistema productivo debe ser revisado. También nuestras formas de vivir y habitar. Algo de esto decíamos la semana pasada respecto de los incendios en Córdoba: la falta de planificación y control en el desarrollo urbano tiene consecuencias desastrosas.

Leer más: Incendios intencionales, desidia y falta de prevención

Finalmente hay que decir que es una alevosa mentira que tengamos que justificar estos modelos productivos para alimentar a la población.  “La carrera entre población y producción debemos tratarla no porque sea una preocupación Argentina sino porque es una falacia grosera que opera sistemáticamente a nivel de las representaciones culturales”, afirma la antropóloga Patricia Aguirre, basada en dos datos contundentes: ni la población seguirá creciendo al mismo ritmo ni la producción se verá drásticamente mermada. (Ver Ricos Flacos y Pobres Gordos. La alimentación en Crisis)

El crecimiento demográfico ha comenzado a aminorar a partir de 1960 cuando el índice mundial de crecimiento alcanzó su nivel más alto, en poco más de un 2% anual. A partir de allí ha habido una disminución gradual del índice de fertilidad. La población mundial solo creció un 1,4% en la primera mitad y un 1,3% en la segunda mitad de la última década del milenio según los datos de Naciones Unidas.

Foto: CulturaColectiva

 

La FAO viene advirtiendo sistemáticamente sobre el problema ético y político que significa el desperdicio alimentario que, como mínimo es del 30% por año.
La misma FAO ha señalado también que desde la década de 1980 la disponibilidad mundial de alimentos es superior a la necesaria para cubrir (con las necesidades energéticas de un adulto promedio) a toda la población mundial.

Nuestro propio país produce alimentos para 10 veces más nuestra población porque el problema actual de la alimentación no reside en la cantidad disponible sino en la distribución. Es un problema social, ético y político.

Dicho esto, es claro que, aunque la población no se duplique, igual seguirá aumentando y por ende necesitaremos eventualmente producir más alimentos. ¿Pero no es momento de asumir que el sistema actual nos lleva a la implosión? ¿O pretendemos transformar el mundo entero en un campo productivo? ¿En qué momento contabilizaremos los costos ambientales? ¿En qué momento atenderemos la desigualdad intrínseca del sistema?

En este punto es cuando se vuelve imperioso dejar de ver a la agroecología y los movimientos ambientales como prácticas o discursos naif de un grupo de idealistas o como una posibilidad poco real de escasa capacidad productiva, para empezar a entender que efectivamente la manera de producir y consumir que hemos experimentado en los últimos 300 años, son las responsables de la realidad que tenemos hoy y que entonces, algo nuevo hay que inventar.

No se trata de un volver a un pasado romántico de arado y disco. Si no en todo caso, de apelar a la ciencia y la tecnología, pero también a los conocimientos ancestrales ya adquiridos para dar un salto que nos permita vivir dignamente a todos los presentes y los futuros también.

 

 



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