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Producción

Hortalizas en Siembra Directa: conservación del suelo e intensificación productiva

|Buenos Aires|

En la localidad de Hilario Ascasubi, técnicos de la Estación Experimental del INTA trabajan desde 2014 en la producción de hortalizas mediante siembra directa para estudiar cómo reaccionan los cultivos frente a esta tecnología. Las investigaciones se realizan actualmente en zapallo, ajo y cebolla. Aseguran que su implementación no tiene ningun limitante desde el punto de vista agronómico.

Por Siembra Directa (SD) entendemos a la técnica de cultivo iniciada sobre un suelo cubierto de material vegetal y sin laboreo previo. Está centrada en el manejo del suelo y se caracteriza por la no labranza, la reposición de nutrientes, el control de malezas, la rotación de los cultivos y la utilización de cultivos de cobertura. Si bien es una técnica de menores costos y menor esfuerzo físico (al evitar los trabajos de remoción de la tierra), demanda a su vez mayor conocimiento, planificación y criterio.

Revista InterNos conversó con Juan Pablo D´Amico, ingeniero agrónomo e investigador de la Estación Experimental, quien explicó que los rendimientos mediante esta técnica de cultivo son iguales o superiores a los de la producción convencional. “En zapallo con riego por goteo cosechamos 55 mil kilos por hectárea. Y en convencional con riego gravitacional por surco se producen entre 25 y 35 mil kilos por hectárea”, señala el ingeniero. Y agrega: “Si vos de base tenés los mismos rendimientos, estás ahorrando un montón de labores, maquinaria y tiempo”.

Sin embargo, en esta comparación hay que tener en cuenta que el riego por goteo permite añadir el fertilizante al agua de riego (fertiriego) potenciando así el rinde de los cultivos. La siembra directa requiere sí o sí la implantación de riego presurizado (goteo o aspersión) ya que el suelo cubierto desplaza al surco tradicional.

Riego por goteo en siembra directa

Le preguntamos al ingeniero si cree que esto es una desventaja a la hora de adoptar la siembra directa. “No lo veo como una desventaja porque la horticultura tiene que ir hacia esos sistemas de riego. Lo que es cierto es que en nuestra zona, donde este tipo de riego no es común, se vuelve una limitante. Al productor hay que pedirle que haga dos cambios tecnológicos: que cambie el sistema de riego, con los costos que eso implica, y que cambie el sistema de labranza”, explica D´Amico.

La producción de zapallo en siembra directa tiene hoy mejores perspectivas porque no encuentra dificultades desde la maquinaria agrícola: puede realizarse, por ejemplo, con una máquina de siembra directa de granos gruesos. Sin embargo esto no ocurre con el ajo, que a pesar de tener rendimientos similares en directa y en convencional, encuentra en este punto su principal obstáculo.

«La horticultura tiene que ir hacia sistemas de riego presurizados»

Con la cebolla el panorama se complica un poco. “No es tan fácil porque la semilla es muy chiquita. El suelo con cobertura, al estar sombreado y húmedo, no levanta la temperatura necesaria para el cultivo. Cuando nace la plántula de la cebolla es muy débil y eso hace que le cueste bastante emerger en la cobertura. Pensá que se tiene que ir abriendo paso”, detalla D’Amico.

En zapallo, las variedades trabajadas son Híbrido Coquena, Híbrido Tetzucabuto Sintoya y Anco Frontera INTA. En cebolla las variedades son Híbrida Pandero y Valcatorce y Grano de oro. En ajo se trabaja con ajo colorado.

Ventajas y dificultades para su implementación

D´Amico afirma que la siembra directa es un sistema conservacionista porque permite “producir conservando o conservar produciendo”. Además, asegura que su conveniencia radica en el ahorro de labores y costos (jornales, gasoil, maquinaria, mantenimiento) y de los recursos, como el agua: se calcula que al disminuir la evaporación del suelo mediante las coberturas, la necesidad de riego se reduce en un 30%.

Estudio Malaquita

El suelo cubierto y las rotaciones permiten además un gran retraso en la aparición inicial de malezas, lo que trae como consecuencia un menor uso de herbicidas para combatirlas. No hace falta mencionar que los beneficios aparejados son múltiples: se cuida al medio ambiente, se abaratan costos y se reducen las posibilidades de cosechar alimentos con residuos de fitosanitarios.

Un dato no menor para la comercialización es que la cobertura de cultivos anteriores hace que las hortalizas crezcan sobre un colchón de paja y no directamente sobre la tierra. Esto permite cosecharlas más “limpias”, por lo que el tiempo de lavado es menor o incluso pueden ser embolsadas desde allí.

 

Entre las desventajas encontramos, como en el caso de la cebolla, la necesidad de un mayor conocimiento para calcular los períodos de siembra, ya que los suelos con menores temperaturas ralentizan la emergencia de los cultivos.

Además, los altos costos para implementar sistemas de riego presurizados (en un contexto donde los insumos se pagan en dólares con una moneda devaluada) son otro impedimento importante para este tipo de producciones. A eso hay que sumarle la falta de maquinaria agrícola para cada actividad particular, que posiblemente no se desarrolle hasta que exista un mercado que la demande.

«Con la siembra directa se trabaja menos pero se piensa más»

Otra dificultad presentan los cultivos que tienen períodos de poscosecha a campo (como la cebolla o la pila de zapallos) ya que por lo general el productor acopia la mercadería en el lote esperando buen precio para venderla, imposibilitando de esta manera la siembra del cultivo de cobertura.

No obstante, para D´Amico los cambios más problemáticos son los culturales. “Con la siembra directa se trabaja mucho menos que con la agricultura tradicional, pero se tiene que pensar muchísimo más. Y a veces cuesta más pensar”, explica.

“Muchas veces el productor tiene miedo. Te dice: ‘¿si yo vengo trabajando la tierra desde hace 50 años de esta manera, ahora van a venir del INTA a decirme que se podía hacer sin labranza?’. La única manera es mostrarles los resultados de muchos años de trabajo”, aseveró.

La importancia de las rotaciones

Intercultivo trigo-zapallo luego de realizada la cosecha de trigo

Como se ha dicho hasta acá, esta técnica productiva da vital importancia a las rotaciones y a las coberturas que los cultivos dejan en el suelo. En la horticultura es necesario que las rotaciones se realicen con gramíneas como trigo o centeno, ya que el material vegetal que dejan las verduras es casi inexistente. “Lo importante es que el suelo esté protegido del efecto erosivo del viento y la lluvia. Además, generás biodiversidad. Es lo que se denomina intensificación productiva sustentable”, dice D´Amico.

Para el ingeniero, es importante que los productores hortícolas empiecen a asimilar nuevos modos de trabajar la tierra, con mayor conocimiento y planificando a mediano plazo. “Hoy la agricultura requiere que vos rotes el lote constantemente. Un productor tiene que estar anticipando a dos años sus rotaciones y coberturas. Todo va cambiando y se intensifica, el que no se sube pierde”.

El trabajo del INTA Hilario Ascasubi sienta un precedente importante ya que no se conocen experiencias similares en otros puntos del país. D´Amico cree que, en términos generales, no existen grandes impedimentos para producir en directa satisfactoriamente. Asegura que es cuestión de probar con otras variedades de hortalizas en distintos climas y con diversas variables agronómicas. El trabajo de su equipo (conformado además por Patricio Varela, María Verónica Caracotche y  María Carolina Bellaccomo) en la Estación Experimental continuará con el cultivo de otras cucurbitáceas como la sandía y el melón; el objetivo es ampliar la cartera de productos y seguir generando conocimiento en la temática.

Emelka. Manzanas y Peras de Río Negro

Edición 36

Sierra de los padres, lugar del kiwi nacional

De ser un producto exótico, pasó a gourmet y hoy ya forma parte de nuestra dieta habitual. Se encuentra en casi todas las verdulerías de los centros urbanos más poblados del país. La producción nacional de kiwi se concentra principalmente en el noreste y sudeste de la provincia de Buenos Aires, y sin bien existen otras zonas productivas en Córdoba, en la actualidad, más del 60% del kiwi nacional que se consume en la Argentina se produce en la zona serrana de Sierra de los Padres, a 18 km al oeste de Mar del Plata.

Sobre la ruta 226 se pueden recorrer las más de 300 hectáreas en donde se producen unas 4000 toneladas anuales de fruta fresca. Alejandra Yommi, ingeniera agrónoma de la Estación Experimental Balcarce nos llevó de recorrido para ver cómo se trabaja el kiwi en Argentina en un mercado cada vez más exigente pero con importantes perspectivas de crecimiento.

En Mar del plata y toda la zona productiva, la cosecha se realiza entre fines de abril y principios de mayo y gran parte de la fruta es almacenada hasta diciembre en cámaras de frío convencional o con atmósferas controladas para retardar el ablandamiento, evitar pudriciones y reducir pérdidas.

“Lo importante es que seamos los mejores” dice Alejandro Reid al hablar del volumen de producción de la zona y de la finca que lleva adelante: Proyecto Agrario. Reid es uno de los ingenieros a cargo de Proyecto Agrario, junto Guillermo Brown y Ricardo Nejamkin y según nos cuenta, Proyecto Agrario nació para producir el mejor kiwi de Argentina. Alejandro explica que comercializan también con algunos productores italianos con los que mandan y reciben kiwi en contra estación para poder garantizar la oferta todo el año: “El argentino es un buen consumidor de kiwi. Se consumen entre 20 y 22 millones de kilos por año en toda la Argentina, de los cuales por lo menos 12 o 13 millones son importados”.

La producción en la zona se reparte en 30 0 40 empresas productoras que tomaron nota de las condiciones agrícolas favorecedoras e invirtieron en el cultivo en los últimos 30 años. El cultivo del kiwi necesita de una inversión inicial que pueda ser sostenida, ya que la planta no entra en ciclo productivo hasta el 4 o 5 año, dependiendo del manejo que se haga, para entrar en un rendimiento productivo promedio de 30 toneladas por hectárea en el 7 u 8 año.

Estudio Malaquita

La iniciativa de los privados, que desde el 2012 se agrupan en la Cámara de Productores de Mar del Plata, y el acompañamiento e investigación del INTA han permitido lograr un producto que actualmente está muy cerca de la calidad internacional que tiene Nueva Zelanda o Italia. Brown asegura que el cultivo se da naturalmente muy bien en la zona y casi no requiere agroquímicos: “Nosotros acá tratamos de llevar un manejo integrado, es decir aplicamos lo mínimo cuando no queda más remedio, no somos radicales tampoco. Pero básicamente, este año, durante el ciclo de la fruta no necesitamos aplicar ningún insecticida.”

“Se consumen entre 20 y 22 millones de kilos por año en toda la Argentina, de los cuales por lo menos 12 o 13 millones son importados”.

Alejandro Reid. Proyecto Agrario.

El protocolo de calidad elaborado por el INTA hace ya unos años en conjunto con la Cámara, sugiere a los productores no cosechar hasta no tener un determinado nivel de material seca y superando los 6.5 grados brix (contenido de azúcares). En este sentido, Yommi, asegura que los productores que trabajan con el INTA han desarrollado buenas prácticas que aseguran un fruto de calidad.

“Nosotros en general no cosechamos nunca nada por debajo de los 7 grados, y normalmente casi todo lo que cosechamos es cerca de los 8-10, eso hace que el fruto tenga alta materia seca y alta calidad, es un fruto que se conserva muy bien y muy rico. Por eso los clientes que nos van conociendo, nos siguen y nos vamos haciendo fuertes” sostiene Alejandro Reid.

Probablemente el kiwi, sea hoy una de las pocas economías, que aunque con problemas, tiene un escenario más prometedor. Tal es así que en la última Fruit Logistica realizada en febrero, el kiwi argentino que ya se vende en Italia y España se mostró con una oportunidad para llevar al resto del mundo.

 

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Emelka. Manzanas y Peras de Río Negro
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Política Sectorial

Alejandro Fernández: “Que haya presencia de residuos químicos no quiere decir que ese alimento esté contaminado”

|Argentina|

En el panel sobre “Inocuidad en hortalizas” realizado en la Expo Jornada Hortícola días atrás, el director de Higiene e Inocuidad en Productos de Origen Vegetal de Senasa, el Ing. Agrónomo Alejandro Fernández, brindó algunas definiciones a la hora de hablar de contaminación en frutas y hortalizas. Centrándose en la preocupación que genera la presencia de residuos químicos en los alimentos, el funcionario detalló la manera en que Senasa calcula el impacto de los mismos en la salud de los consumidores.

Para Fernández es “esperable” que en los sistemas de producción tradicionales existan residuos o porciones de residuos de las sustancias químicas utilizadas para minimizar la presencia de enfermedades o plagas. “Como sabemos que esto puede ocurrir, necesitamos comprender el comportamiento de estas sustancias. Cuál es el daño que pueden producir y a qué nivel. El hecho de que haya presencia de residuos no quiere decir que ese alimento esté contaminado o intoxicando al consumidor”, dijo el ingeniero.

Para comprender mejor este punto, el funcionario introdujo el concepto de “peligro” y “riesgo”. El primero hace referencia a la posibilidad de que un alimento pueda ser dañino desde su aspecto químico (residuos de fitosanitarios), físico (restos de madera o clavos) o microbiológicos (presencia de patógenos o parásitos). Por otra parte, hablar de “riesgo” es pensar en los niveles, frecuencias y cantidades que una persona, a través de la dieta de una hortaliza o fruta, se expone a uno o varios de estos contaminantes. Respecto a los residuos químicos, establecer el riesgo es conocer en qué cantidad un contaminante está presente en un alimento y con qué frecuencia se lo consume para determinar si ese nivel intoxica o no.

“Lo que estamos viendo en general en los medios es que afirman que hay porcentajes de residuos en la lechuga, la pera o el limón. Eso me dice que hay un peligro presente, pero no me dice cuál es el nivel de ese peligro o si están hechas las evaluaciones de riesgo para determinar que aquella persona que consume el alimento con ese nivel realmente se intoxica”, profundizó el ingeniero.

En este sentido, Fernández explicó que Senasa realiza una serie de ensayos antes de habilitar la utilización de una sustancia, en los que mide cómo la misma ingresa al cuerpo (por qué vía), cómo se distribuye, cómo se metaboliza y cómo se excreta. Es decir, estudia el impacto en el usuario aplicador, en el consumidor y en el ambiente. Además realiza ensayos de campo para conocer el comportamiento del producto en distintas regiones productivas del país y en los cultivos que se lo pretenda usar.

«Lo que hay que evaluar es el nivel de residuos, si ese nivel está afectando la salud del consumidor».

De esta manera establece dos niveles para la evaluación del riesgo: la ingesta diaria admisible (IDA) y la dosis de referencia aguda (ARfD). La primera se calcula a partir del resultado más problemático que presenten los estudios anteriormente mencionados. “Representa una pequeña cantidad de miligramos por kilo de peso de la persona, por día, que puede consumir esa persona todos los días sin que le provoque un efecto adverso en su salud”, dice Fernández. Por otro lado, la dosis de referencia aguda es la cantidad mínima de dicha sustancia que debe ingerirse en una sola comida para que esta ingestión pueda resultar en intoxicación aguda. A partir de esta información se establece luego el LMR (Límite Máximo de Residuos) que puede existir en dichas frutas y hortalizas sin dañar la salud de los consumidores. Esos valores, dice Fernández, nunca pueden superar la ingesta diaria admisible ni, por supuesto, la dosis de referencia aguda. “Hay un margen de seguridad importante entre el límite que se fija y lo que realmente estaría afectando la salud del consumidor”, asegura el funcionario.

Es necesario mencionar que estas evaluaciones tendrán sentido siempre y cuando los productores realicen sus tareas bajo el paragua de las Buenas Prácticas Agrícolas, que reducen los riesgos de contaminación tanto química, como física y microbiológica. Para Fernández, estos riesgos deben eliminarse profundizando la aplicación de las BPA que, como ya se anunció en el Boletín Oficial, serán obligatorias en 2020 para frutas y en 2021 para hortalizas.

Un consumidor preocupado

El miedo a consumir frutas y hortalizas con presencia de residuos químicos ha crecido en los últimos años, y no de manera injustificada. La irresponsabilidad de algunos productores a la hora de aplicar sin respetar las distancias mínimas, la utilización de sustancias no registradas o manipuladas sobre cultivos no habilitados (lo que se considera desvío de uso) y la falta de seguimiento en los períodos de carencia (tiempo necesario para que el residuo de un plaguicida alcance una concentración por debajo del LMR) son motivos suficientes para que los consumidores tomen mayores recaudos frente a este sistema productivo. A esto se le suma una mayor circulación de publicaciones periodísticas que ponen el foco en dichas negligencias, aunque en algunas oportunidades se utilicen títulos tendenciosos o directamente erróneos. Un ejemplo es la nota publicada meses atrás por el diario nacional Infobae, en el que se afirma que más de la mitad de las frutas y verduras que llegan al Mercado Central son “descartadas por excesos de agrotóxicos” luego de ser evaluadas en los laboratorios del organismo. Sobre este punto consultamos al ingeniero Fernández.

¿Qué cree que debe hacer Senasa cuando aparecen este tipo de artículos?

Estudio Malaquita

En primer lugar, responder. Tratar de dar la información correcta que nosotros históricamente manejamos en los planes de muestreo. Creo que en esa nota hubo un error en la interpretación de datos muy grosero. Los datos de Senasa indican que el 62% de las muestras tienen presencia de alguna sustancia. Hay un 38% que no tiene nada. Entonces asociaron el “tiene” a que se descarta o se tira. Y hay una confusión más: los datos que tiene Senasa no son del Mercado Central, sino de todos los mercados del país donde se sacan muestras. Son datos de los mercados concentradores inscriptos en Senasa y de los sitios de expedición de los grandes hipermercados. También sacamos muestras en productores, en empaques. Entonces los resultados son generales, son estadísticas obtenidas de todos estos puntos.

Usted plantea que la presencia de residuos químicos no es de por sí peligrosa.

Lo que hay que evaluar es el nivel de residuos. Si con ese nivel está afectándose la salud del consumidor. Y eso tiene que ver con la dosis. Entonces, dependiendo de la cantidad que ingieras te puede provocar daño o no. Que esté presente no quiere decir que te genere un daño.

De cualquiera manera, no parece injustificado el miedo de los consumidores ante la posibilidad de contaminaciones de este tipo.

Hay un consumidor preocupado y está bueno que así sea. Lo que a nosotros de pronto no nos gusta es que esa preocupación tenga que ver con una información que no es correcta. A nadie le gusta comer un alimento que tenga presencia de un contaminante, esta es la realidad. El problema es que esa preocupación tiene que ver con una percepción que se asocia más con la viralización de ciertas noticias o a ciertas posiciones personales sobre la situación de la contaminación, y que no tienen que ver con la cuestión científica con la que nosotros trabajamos día a día. La realidad es una cosa, la percepción es otra.

En su presentación hizo referencia a la necesidad de educar “consumidores responsables”. ¿A qué se refiere específicamente?

Es necesario que el consumidor acceda a comprar en lugares habilitados y que verifique que el producto que compra esté identificado, es decir, que tenga un rótulo en el cajón y que identifique al productor. El consumidor tiene derecho a exigir saber quién es el que produce esa verdura. En el momento en que esto se comience exigir, seguramente los productores van a tener que regularizarse para que no quedar afuera.

Estamos un poco lejos de eso todavía, ¿no?

Absolutamente, pero es educación y comunicación. Forma parte de un esfuerzo que nosotros vamos a tener que hacer en el mediano plazo.

Emelka. Manzanas y Peras de Río Negro
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Comercialización

Cinturones de producción periurbana: realidades y desafíos

|Santa Fe|

La localidad de Arroyo Seco protagonizó la primera Expo y Jornada Hortícola organizada de manera conjunta entre el INTA, el gobierno de Santa Fe, la Municipalidad local y una fuerte participación de los productores locales. Uno de los paneles centrales ofreció un panorama de la situación actual, problemáticas y perspectivas del sector hortícola en tres de las regiones productivas más importantes del país.

Para eso expusieron la Ing. Agr. María Cristina Mondino, del  INTA Arroyo Seco sobre el cinturón de Rosario; el Ing. Agr. Enrique Adlercreutz, del INTA Mar del Plata y el Ing. Agr. Ariel Belavi, del INTA Monte Vera sobre la producción en Santa Fe  y su cordón hortícola.

María Cristina Mondino dio comienzo al panel caracterizando la actividad del cinturón hortícola rosarino, que puede subdividirse en dos sectores importantes. Uno de ellos es el que está próximo a la ciudad, conformado por quintas pequeñas -con un promedio que ronda las cinco hectáreas- el cual produce gran variedad y volumen de hortalizas para su comercialización diaria en el mercado de abasto, principalmente para el consumo en fresco.

El otro sector es aquel que destina los cultivos a la industria del deshidratado, el congelado y el enlatado, ubicado mayormente desde General Lagos, Pueblo Esther, Arroyo Seco hasta Villa Constitución; es decir, alejados de Rosario. Como la industria demanda grandes cantidades de materia prima, estos cultivos se vuelven “casi extensivos” por la cantidad de superficie sembrada y por la mecanización de su cosecha. De alguna manera, cambia la forma de planificar, cultivar y cosechar la mercadería. A modo de ejemplo sirve nombrar el caso de la espinaca, que hoy es el segundo cultivo de hoja más sembrado de la región después de la lechuga (y ocupa el tercer lugar entre todas las hortalizas si contamos a la papa) traccionada por el proceso industrial.

Achicamiento. Con el correr de los años la producción periurbana tiende a reducirse por diversos factores.

Sin embargo, en lo que respecta a la superficie sembrada, la producción de esta zona sufrió una considerable caída en los últimos años, junto al abandono de la actividad por parte de algunos productores. La ingeniera estimó que existen un 35% menos de productores que hace 20 años y unas 1000 hectáreas que ya no se encuentran productivas. Hacia el final de su exposición, Mondino resumió las principales complicaciones que afronta el sector hortícola: la falta de mano de obra, el abastecimiento de mercadería de otras zonas que reemplaza a la producción local, la escasa trazabilidad y el nivel de pérdida en pos cosecha. En relación a estos dos últimos puntos, la Ing. resaltó la necesidad de avanzar hacia una mayor adopción de las Buenas Prácticas Agrícolas (BPA).

Existen un 35% menos de productores que hace 20 años y unas 1000 hectáreas que ya no se encuentran productivas en el cinturón de Rosario.

Sin embargo, Mondino también hizo referencia a los problemas que la cadena enfrenta en lo comercial. Afirmó que “los mercados están estancados, falta capacitación para el eslabón minorista y no hay inversión en publicidad para las frutas y hortalizas”. Y agregó: “Estamos a contramano de lo que sucede en el mundo, donde crece la producción y el consumo de estos productos por la adopción de nuevas tecnologías que permiten aumentar la calidad reduciendo los costos” enfatizó.

Seguidamente, el ingeniero Enrique Adlercreutz  describió la producción de Mar del Plata que cuenta con una fuerte presencia del cultivo de papa (alcanza las 25.000 hectáreas) y frutilla, que aunque posee una menor superficie sembrada (130 hectáreas) pisa fuerte en los mercados nacionales durante el período verano-otoño. Además, destacó la producción de kiwi, con una zona ideal de producción donde se desarrollan 500 hectáreas. Sólo en Mar del Plata hay más producción de kiwi que en el resto del país.

A diferencia del cinturón hortícola de Rosario, en Mar del Plata el desarrollo de la producción hortícola para industria es menor. En cambio, la producción intensiva (con una superficie total que ronda las 10.000 hectáreas) se destaca por los cultivos de lechuga, zanahoria y choclo. La superficie bajo invernadero se encuentra en franco crecimiento con el tomate, típico de la zona, el pimiento y la lechuga, que se convirtió en una alternativa interesante para los meses de otoño-invierno.

Estudio Malaquita

Adlercreutz detalló que en los últimos años Mar del Palta viene incorporando cada vez más el uso de bioinsumos para el reemplazo de fitosanitarios de alto impacto ambiental. Esto se debe al fuerte trabajo que realizan los ingenieros agrónomos que acompañan las tareas de los productores en las quintas, junto a la realización de cursos de capacitación sobre el manejo integrado del sistema productivo.

“Hace años que estamos viendo que se puede bajar el uso de agroquímicos en un 70% sin interferir por eso en el margen económico del productor”. Ing. Agr. Enrique Adlercreutz

“Entre el control químico aconsejado o el ‘aplico lo que estoy acostumbrado’ aparecen cada año nuevas plagas, resistentes, con el consecuente impacto ambiental y el riesgo de presencia de residuos en los alimentos. Nosotros estamos trabajando en transformar ese sistema insumo-dependiente”, explica Adlercreutz. “En muchos casos no es necesario aplicar agroquímicos, ya que el problema se puede resolver aplicando prácticas de manejo integrado. Esto requiere conocer el ambiente, el cultivo y todas las herramientas de trabajo a disposición. La palabra ‘conocer’ está reemplazando a la palabra insumo”. Y finalizó: “Hace años que estamos viendo que se puede bajar el uso de agroquímicos en un 70% sin interferir por eso en el margen económico del productor”.

Productores atomizados con poca cantidad de hectáreas sembradas caracterizan al cinturón de Santa Fe

Finalmente fue el turno de Ariel Belavi, quien brindó un detallado panorama del sector hortícola santafesino. A partir de los datos del último censo realizado en el periurbano en el año 2012, el ingeniero afirmó que al igual que en Rosario ha disminuido el número de productores y de superficie trabajada. A diferencia de las décadas del noventa y dos mil, donde prevalecía un productor-empresario especializado en ciertos cultivos (como el tomate o la lechuga) para vender en otros mercados, actualmente el horticultor santafesino se caracteriza por explotar pequeñas superficies (entre 1 y 3 hectáreas) con hasta 10 o 15 especies destinadas al mercado local. Esta atomización de las explotaciones, en muchos casos familiares, produjo un “cambio de tipología” del productor, en palabras de Belavi.

Como sucede en muchos otros cinturones hortícolas del país, el cordón santafesino posee una gran cantidad de productores de la colectividad boliviana. Entre sus mayores problemas se encuentra el dificultoso acceso a servicios como el agua, los caminos rurales y la conectividad en zonas alejadas a los grandes cascos urbanos.

Además, presentan escasos avances en la adopción de tecnologías (a modo de ejemplo vale decir que el riego por surco suele ser la técnica de riego más utilizada en la región). Entre los motivos que señala Belavi se encuentra la falta de acceso a la tierra, que limita la inversión. Actualmente la producción se realiza a campo casi en su totalidad. En una superficie sembrada -que de 2002 a esta parte oscila alrededor de las 1500 hectáreas- sólo 8 están bajo cubierta.

En lo que sí se avanzó, dice el ingeniero, es en la adopción de nuevos y mejores insumos fitosanitarios “favorecido por algunas legislaciones y por la aplicación de las Buenas Prácticas Agrícolas”. Sin embargo, siguen existiendo inconvenientes “respecto a la aplicación con las mochilas manuales”.

«En 2018 los precios recibidos por el productor aumentaron en un 42,8% por producto. Pero con una producción dolarizada que se vende en pesos se estima que la devaluación alcanzó casi un 100%, por lo que las pérdidas del año pasado rondaron un 50%» Ing. Agr. Ariel Belavi

Respecto de la comercialización, el ingeniero consideró que “los mercados están trabados y los volúmenes no aumentan” por lo que aparecen caminos alternativos con productores que invierten en su propio transporte o ponen una verdulería propia para ocupar nuevos espacios en la cadena. En 2018 los precios recibidos por el productor aumentaron en un 42,8% por producto. Pero con una producción dolarizada que se vende en pesos se estima que la devaluación alcanzó casi un 100%, por lo que las pérdidas del año pasado rondaron un 50%. “El mercado está estancado porque los volúmenes que se comercializan no son los de antes. El mes pasado los precios de la acelga y la lechuga cayeron estrepitosamente porque entró un poco más de producción”, cerró Belavi.

Los productores tecnificados son aquellos que logran superar los sobresaltos de la actividad

Aún con panoramas particulares entre cada cinturón hortícola, el panel dejó un claro diagnóstico compartido por los tres ingenieros: la cantidad de productores y de superficie sembrada ha disminuido en las últimas dos décadas; los volúmenes comercializados están “frenados” al igual que el consumo minorista y cada vez más los productores invierten en cultivos de menor valor y diversifican sus quintas para reducir riesgos. Salvo excepciones, el nivel tecnológico adoptado no es suficiente para minimizar costos y achicar las pérdidas pos cosecha, lo que se traduce en un productor de menor rentabilidad y por lo tanto con escasas posibilidades de tecnificarse.

También en algunos objetivos coincidieron las tres exposiciones: la adopción de las Buenas Prácticas Agrícolas y la incorporación de bioinsumos es el horizonte hacia el cual los cinturones verdes deben caminar para optimizar sus procesos y producir con mayor calidad. Esto significa además apuntar a incrementar la compra minorista con un consumidor final que “confíe” en el sector, aunque esto no dependa exclusivamente de los productores, sino de un trabajo articulado entre instituciones públicas y privadas que publiciten y difundan el consumo de estos productos.

Emelka. Manzanas y Peras de Río Negro
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