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Hacemos una pausa

¿Es posible cuestionar la oferta y la demanda para una comercialización más justa?

A veces es necesario simplificar las ideas para comprender. Para hacerlas asequibles. Pero otras veces, la simplificación que conduce a la polarización, se nos presenta como una trampa, como un mecanismo de reducción que nos impide acceder a esa realidad que en verdad es mucho más compleja.

La conformación de los precios de las frutas y verduras en nuestro país es un buen ejemplo de esto. Es falso decir que los precios aumentan porque todos los productores, operadores y comercializadores mayoristas y minoristas son unos despiadados, vivos e inescrupulosos que aumentan los precios para hacerse de una tajada más grande. Pero es falso también eludir las diferentes responsabilidades de los actores en la cadena y argumentar que el clásico puje entre la oferta y la demanda acomodará los precios a niveles justos para el mercado. (¿Alguien todavía cree en la mano invisible?).

Sin ánimos de tener la verdad absoluta, pero si una compresión más acabada de la complejidad podemos empezar a hilvanar lo siguiente:

Si tuviésemos que describir (ahora si de manera simple) a los mercados concentradores frutihortícolas, podríamos decir que son grandes superficies asentadas en puntos estratégicos (idealmente, aunque no siempre pasa), cercanos a las grandes ciudades y con fácil acceso a las rutas u autopistas nacionales. En nuestro país, como en muchos lugares del mundo, se considera que los mercados mayoristas tienen un rol público de abastecimiento.

En Argentina existen más de 45 mercados mayoristas de tipo privado, público y mixto, todos de igual manera deben cumplir con este rol asegurando el abastecimiento de productos inocuos y seguros para la población. Allí se encuentran los operadores o introductores que son los intermediarios entre zona de producción y el comercio minorista. Algunos son al mismo tiempo productores. De lo que se trata entonces, es de generar un espacio de concentración donde la ciudad en cuestión se abastezca de este tipo de productos.

Fuente: Alberoni & Campetella (2012)

Esta cadena de comercialización se erige así misma bajo una lógica de competencia concentrada que busca, por un lado, facilitar la distribución de mercadería y abastecimiento en las grandes ciudades y, por el otro, la conformación de precios transparentes a partir del juego entre oferta y demanda. Sobre esto además se añaden las responsabilidades del Estado de generar instancias de control para asegurarse la calidad e inocuidad de esos alimentos, por lo menos. Desde la economía clásica liberal, el modelo de mercado mayorista se aproxima a un tipo ideal de competencia perfecta, que supone que la concentración de oferentes y demandantes en un mismo tiempo y espacio físico con productos definidos, más o menos homogéneos y de libre acceso (sin barreras para ingresar como oferente o demandante al mercado) tenderá a la conformación de precios transparentes y justos. ¿Justos para quién? Para el mercado por supuesto. Desde la teoría clásica liberal no hay otro tipo de justicia que la que otorga el mismo mercado.

Desde la economía clásica liberal, el modelo de mercado mayorista se aproxima a un tipo ideal de competencia perfecta, que tenderá a la conformación de precios transparentes y justos. ¿Justos para quién?

Sin embargo, muchos son los críticos a esta teoría. En primer lugar, porque este modelo de competencia perfecta no contempla un elemento que ya muchos autores (entre ellos el nobel de economía, Joseph Stiglitz) se han encargado de ponderar: las asimetrías en la circulación de la información en el mercado producen fallas que son sustancialmente importantes en sus consecuencias y que no pueden quedar en meras “fallas del mercado” como explican los teóricos liberales.

No hace falta caer en grandes complejidades teóricas para entender esto. Cualquier productor que más de una vez ha dudado del precio liquidado sabe a lo que nos referimos. Un operador de mercado puede tener (y debería) más información sobre la calidad, el estado y el volumen proyectado de un determinado producto que su comprador. Con lo cual, es claro que esta diferencia en la apropiación y circulación de la información existe. Y lo mismo entre mercados. Un mercado cercano a zona de producción difiere en su funcionamiento a uno logístico y con potencial de distribución por estar en zona de gran aglomerado, que un mercado de redistribución por decir algunos ejemplos. (Sobre esto se puede retomar lo ya dicho por el investigador Raul Green).

¿Por qué es importante entender todo esto? Porque es cierto que los mercados mayoristas funcionan tradicionalmente, desde hace años, bajo la lógica de la oferta y demanda. ¿Eso significa que así está bien y que sea perfecto? Por supuesto que no. Esto tampoco significa que los aumentos que hemos visto en los últimos días respondan directamente a una suba de precios por especulación ante la creciente demanda. Porque además es simplista pensar que en una cadena con tantos actores (insumos, producción, empaque, logística, mayoristas, redistribución y minoristas) y tan dispersa, un solo actor pueda tomar decisiones arbitrarias para toda la cadena. Es lógico pensar entonces que si hay una suba generalizada de un producto más o menos homogéneo y que no está en poder de un solo oferente sino de cientos, debe haber razones para ese aumento que tengan una explicación más certera que una decisión unilateral.

Es simplista pensar que en una cadena con tantos actores y tan dispersa un solo actor pueda tomar decisiones arbitrarias para toda la cadena.

Existen diversos factores que condicionan la formación de los precios. Uno muy claro tiene que ver con la logística y el transporte. En muchos productos hemos visto aumentar exactamente el doble el precio del transporte. Esto se debe a la falta de productos que hagan el contra flete. Entonces si hasta el 6 de marzo un camión cargado de papas para el trayecto Balcarce – Córdoba costaba alrededor de 90 mil pesos, hoy ese mismo camión cuesta 180 mil pesos porque ahora ya no se cuenta con la mercadería de retorno, haciendo que el camión regrese vacío y amortizando todo su valor en un mismo producto.

Otro factor no menor es la adecuación de los sistemas productivos a las medidas previstas por el aislamiento social obligatorio. Muchos empaques tuvieron que licenciar trabajadores, disponer alejamiento en las líneas de producción produciendo entonces una merma en el volumen de la producción que generó una merma en las cantidades remitidas a los mercados. Pero además, esos mismos empresarios (lejos de las actitudes de algunos casos muy mediáticos por estos días) tuvieron que además salir a contratar nuevos empleados para cubrir las vacantes e incluso ofrecer bonos extras para la realización de algunas tareas ya que muchos trabajadores atemorizados por la pandemia no querían arriesgarse. Con lo cual hay un claro encarecimiento del producto final por un aumento de los costos lógicos a partir de los cambios que impone la coyuntura y que sin duda afecta la cosecha, el empaque y la distribución.

Foto: Mauricio Bonino

Dicho esto no es menor recalcar también que algunos productos, en esta lógica de oferta y demanda marcada además por la perecidad y estacionalidad de los mismos, registran marcas históricas de precios en estas épocas como el tomate (porque se termina el producto del norte y hay una ventana de 20 días hasta que ingresa de corrientes), la zanahoria y la naranja por citar algunos. Ante esto, es menester también decir que vemos siempre la corrida de los medios masivos diciendo “subió el tomate” año tras año en la misma época y luego, cuando el tomate se vende a precios irrisoriamente bajos, nunca el tomate vuelve a ser tapa. Pobre tomate. Y todo esto sin mencionar la ya naturalizada inflación -que persiste- ni los demás factores de crisis que venía atravesando la actividad antes de la pandemia.

Año tras año, los medios masivos corren detrás del aumento del tomate por cuestiones estacionales y luego, cuando se vende a precios irrisoriamente bajos, nunca el tomate vuelve a ser tapa. Pobre tomate.

En estas semanas de cuarentena se viralizaron muchos audios y videos de productores y operadores que, como siempre, se sienten disgustados y ofendidos ante la acusación de los medios y del gobierno de especuladores. Por lo expresado anteriormente, podemos entender que hay mucho de razonable en ese enojo.

"¿Te parece justo que un cajón de naranja valga $200 todo el año?", increpa un operador a un funcionario que le reclama el precio del cajón a más de $750 pesos. Esto surge a raíz de que por estos días – y cómo explicamos en otro artículo- la naranja aumentó de precio (como suele pasar todos los años) por una escasez relativa dado que aún no comenzó la cosecha 2020. Ahora bien, ante esta pregunta y ante un Estado que implementa medidas regulatorias para poner precios máximos o de referencia para asegurar la accesibilidad de la oferta a toda la población, ¿no sería interesante hacerle esa misma pregunta al Mercado? ¿Por qué un producto debe venderse en determinado momento del año por debajo de su costo de producción?

Claramente no somos los primeros en hacernos esta pregunta. Los productores de peras y manzanas, por caso, vienen reclamando hace años un precio justo para el kilo de fruta cosechada que responda a sus costos de producción y no a las “lógicas” del mercado. Y no son los únicos. Por otro lado, el Estado, los consumidores y la sociedad en general, (en gran parte ajena a la lógica del sistema) reclama también la información. Pero aquí hay un primer gran escollo. Muchos agentes del sector se niegan a dar esta información porque la consideran privada. Intrínseca a su actividad comercial. Sin embargo, como dijimos antes, el abastecimiento de frutas y verduras cumple un rol social y público. Y en ese contexto, está visto que las asimetrías en la circulación de la información producen fallas de mercado que terminan por empoderar a algunos agentes y llevar al fracaso a otros. Ante esto los teóricos liberales argumentan que esas fallas deben corregirse justamente a partir de la circulación perfecta de la información. ¿Y entonces?

Ante esto, ¿no se vuelve imperioso reflexionar y tomar cuenta de que el mercado, así como ha venido funcionando, no funciona para muchos? Los mercados mayoristas de frutas y verduras no han sido capaces históricamente de incorporar dignamente a todo sus agentes. En la agricultura mundial observamos el fenómeno de expulsión de pequeños y medianos productores, tenemos trabajadores informales en el campo y en los mercados. ¿O hasta cuándo se va a tolerar la precarización de los changarines en los mercados? ¿Hasta cuándo se sostendrá un modelo de trabajo que no puede (por su falta de rentabilidad) incorporar formalmente a los trabajadores que necesita? Muchos son los que argumentan, ante la falta de rentabilidad de algunos productores, que se trata de problemas propios a una mala gestión o administración. Que no supieron modernizarse, innovar, etc. Sin hacer del todo a un lado eso, (que puede pasar seguramente) ¿no es tiempo de asumir que de todas formas se sigue perpetuando un sistema que necesita de una gruesa base de trabajadores precarizados para funcionar?

¿Hasta cuándo se sostendrá un modelo de trabajo que no puede (por su falta de rentabilidad) incorporar formalmente a los trabajadores que necesita?

“Encontrar las causas profundas es como pelar una cebolla” escribió Joseph E. Stiglitz en su libro Caída libre para explicar las razones por las cuales se produjo la profunda crisis del 2008 y en donde explica que las teorías economías en las que se creía casi a nivel dogma, habían caducado. Nunca mejor frase para este rubro. Sin dudas que muchos de estos problemas para algunos se responden por la alta presión fiscal de un Estado que no ha podido resolver un sistema tributario adecuado. De seguro que los impuestos son un factor importante. Aunque en un sector como este, pocos son los que los pagan debidamente. Sin embargo, más allá de los múltiples factores que atraviesa la actividad, es importante animarse a pensar que los mercados que fueron concebidos a principios de siglo ya no bastan para dar respuesta a la sociedad actual. Es probable que sea momento de asumir que las teorías de la economía clásica liberal, fogonera de un capitalismo sin contemplaciones, no funcionaron para todos y que además los mercados en si mismos son básicamente ineficientes.

En momentos en donde una nueva conducción a nivel nacional, y puntualmente al frente de la central de abastos más importante del país como es el Mercado Central de Buenos Aires, propone nueva lógicas de construcción colectiva, nuevas formas de pensar la economía, la distribución y la generación de riquezas, quizás sería importante asumir que seguir haciendo las cosas tal como siempre no funciona. Que los dogmas económicos que se creían irrefutables en verdad no lo son, y que son eso, dogmas. Pero que además, con pandemia y todo, es momento de asumir otras formas de pensar, de discutir y de proponer, que dejen de lado el amarillismo mediático y los actos tribuneros pero también el desprecio hacia lo público y la denostación de quienes hacen la cosa pública.

Porque se ha vuelto innegable, en momentos en donde todo esté en riesgo y en pausa, la importancia de un Estado presente, lucido y capacitado. Trabajemos para eso. Quizás, y después de todo, tras esta pandemia, nos volvamos mejores.

Fuentes y material para consultar:

1.¿Cuál es la función social de los mercados mayoristas de frutas y hortalizas? Una mirada desde sus modos de organización.2016

2.  Caída libre Joseph E. Stiglitz.2010

3. ¿El inicio de una nueva Era? Raul Green. 2003

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