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Producción

Una isla de kiwi en un mar de soja

Fotos: Revista InterNos

|Argentina|

Si la finca de Gonzalo Figueroa se observara desde arriba, como desde un avión o un drone a distancia, su media hectárea de kiwi aparecería como una isla frutícola inmersa en un mar de soja. O de maíz. O de trigo, según el momento del año.

Figueroa produce en la localidad de Río Segundo, a 35 kilómetros de Córdoba, en un cinturón verde relativamente nuevo, formado por muchos de los productores que, en los últimos años, fueron desplazados ante el avance de la frontera urbana en el periurbano de la ciudad capital. En total, posee una hectárea y media junto a Masi, su compañera, quien se encarga de los pedidos y las gestiones de clientes vía WhatsApp. El predio está dividido en tres: media hectárea para horticultura, media para los kiwis y lo restante para el terreno donde está la casa, rodeada de una pequeña sala de empaque, un tractor, un gallinero con cien gallinas que aportan el sonido ambiente de la entrevista.

“Antes trabajaba con otro productor en sociedad. Hacíamos seis hectáreas en total, en un predio pegado a este. Después él se fue y decidí hacer algo que pudiera atender yo solo. Ahí planté media hectárea de kiwi”, dice a InterNos.

Gonzalo Figueroa con su media hectárea de kiwi en el fondo

Pero toda historia tiene un comienzo. Veinte años atrás Figueroa tuvo su primera experiencia con el kiwi. Estuvo a cargo de una plantación de diez hectáreas, también en Río Segundo, que abasteció al mercado provincial hasta el año 2001. Por esa época también trabajaba en un campo que proveía a Estancia Las Chicas, empresa que hacía convenios con productores de todo el país para recibir hortalizas en Buenos Aires. “Ellos traían la semilla, la tecnología. Vos tenías que mandar la mercadería y luego te devolvían las rendiciones. Hasta que, con la crisis, empezaron a llegar los cheques sin fondo”, recuerda Figueroa.

Entonces se trasladó a la finca que ocupa actualmente y comenzó de nuevo. Al principio la verdura era un buen negocio, pero cuando terminó la sociedad con su colega dejó de ser rentable porque la cantidad de tierra disponible para cultivar se achicó considerablemente. De ahí que decidiera implantar kiwis (variedad Hayward, la más producida y comercializada a nivel mundial) para tener una cosecha segura y rentable cada año. El resto de sus ingresos anuales los sustenta con la horticultura de su media hectárea restante, y con la compra de hortalizas a productores de la zona que luego revende de manera directa a verdulerías de Córdoba capital.

Masi, compañera de Gonzalo, nos da la bienvenida a la finca y nos explica cómo están organizados los espacios

“Yo no tengo capacidad para producir grandes volúmenes en un espacio tan chico. Pero igual algunas cosas hago: calabacín, por ejemplo. O espinaca, que preparamos en bolsitas y distribuimos”. Hoy es sábado, y mientras Gonzalo nos cuenta, Masi está cerrando los pedidos por WhatsApp. La logística de cada venta es tan importante como la producción en sí misma.

Si la distribución de verdura le “da de comer”, en palabras del propio Figueroa, los kiwis son una especie de aguinaldo, un ingreso extra diferencial que le permite proyectar mejoras en el campo. Y en su calidad de vida. 

Con los kiwis mejoró la casa, cambió sus vehículos y compró el tractor. “Es una plata que me entra donde no tengo tantos gastos. Compro los insumos durante el año y gran parte del mantenimiento lo hago yo”. Se encarga de las tareas de poda y raleo: no afronta costos de mano de obra. Su hijo lo ayuda en la cosecha, sobre todo cuando la planta da gran cantidad de fruta, durante el mes de marzo.

“Trato de hacer una plantación lo más agroecológica posible. Por ejemplo, a las cochinillas comúnmente se le aplica clorpirifós que yo acá no puedo ni quiero usar. Entonces lo tengo que raspar todo a mano, y después en invierno le aplico un aceite vegetal. Me lleva mucho más trabajo. Lo agroecológico tiene un costo extra respecto al tratamiento tradicional que yo no puedo aplicar al precio, porque vendo al Mercado de Abasto”, explica el productor.

Es una plantación chica, pero eficiente: utiliza riego por goteo y está protegida por una media sombra -comprada originalmente para la producción hortícola- que hace las veces de antigranizo. En una buena temporada saca entre 500 y 800 bandejas de 10 kilos, que vende a empresas mayoristas como Ercoli o Romero SRL. La fruta de mayor calibre la cobra -aproximadamente- a unos 2500 pesos, mientras que los calibres pequeños rondan los 1500 pesos. El mejor momento para vender su mercadería es en la ventana que se produce cuando se termina el kiwi de contraestación que llega de Italia e ingresa el nacional, principalmente de Buenos Aires. Entre principios de marzo y fines de abril. Ahí tiene una buena demanda y mejora el precio.

Aunque en Córdoba las plantaciones producen volúmenes menores, la calidad del fruto es muy buena

El depósito donde almacena y embala es pequeño. Además de la fruta, apenas entran dos cuerpos tan apretados que, en tiempos de protocolos por COVID, la tarea en equipo sería imposible. Pero Figueroa realiza la clasificación de la fruta solo, de manera manual. La característica del kiwi lo favorece, ya que se cosecha en estado pre-climatérico (es decir: sigue su maduración una vez cortado de la planta) y puede conservarse de 15 a 20 días sin afectar sus propiedades nutricionales ni organolépticas.

“No me hace falta cámara de frío porque puedo sacar, embalar y vender. La fruta se cosecha ‘dura’, después pueden pasar dos semanas hasta que esté a punto para ser consumida. Algunas empresas la terminan de madurar en las cámaras. En la planta, puede aguantar hasta que empieza a helar. Mientras más tiempo pasa en la planta, más rico se pone, porque eleva su nivel de azúcar”, explica.

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El clima cordobés es apto para producir kiwi, aunque no ideal. Nuestro país se caracteriza por tener sus mejores plantaciones en la región sur de la provincia de Buenos Aires, en localidades como Mar del Plata o Baradero, donde el clima marítimo y las condiciones de humedad son apropiadas para que la planta acumule las horas de frío necesarias para dar un fruto de calidad. En Córdoba, por el contrario, la falta de horas frío y algunas ventanas de calor durante el otoño – invierno afectan la floración, lo que se traduce en menores volúmenes de fruta.

"Mientras más tiempo pasa en la planta, más rico se pone, porque eleva su nivel de azúcar”, dice Figueroa

“La que carga fruta es la primera floración. Si brota desparejo, significa que no vas a tener buena cantidad de fruta. En la zona de Mar del Plata es ideal porque tienen un invierno más estable, tenés dos meses que la temperatura no sube de diez grados. Acá quizás tenés una helada, pero al día siguiente sube a veinte grados”, explica Figueroa. Los rindes de las plantaciones son un reflejo de esa variabilidad: mientras que en el sur bonaerense una hectárea puede dar 30.000 kilos, en Córdoba no supera los 10.000 o 12.000.

Otra cosa que afecta a la fruta es el calor seco. En el verano, las plantas de kiwi necesitan temperaturas no mayores a 30 grados y con buena humedad ambiente; de lo contrario, pueden sufrir estrés hídrico. El productor puede compensar con riego, pero los resultados no son los mismos.

Deriva: un problema de convivencia

El mismo día que visitamos la finca de Gonzalo Figueroa, en la localidad vecina de Pilar se realizó un encuentro destinado a productores hortícolas de la zona. Su objetivo fue conformar una mesa de trabajo para articular demandas y necesidades frente a los organismos del Estado municipal, provincial y nacional.

El problema de deriva por aplicación de agroquímicos fue uno de los temas centrales del encuentro. Pequeños productores del cinturón hortícola, y también vecinos con huertas, señalaron que los campos extensivos que rodean a la ciudad no respetan los protocolos para la aplicación de herbicidas e insecticidas, lo que impacta no solo en el estado de sus plantaciones, sino también en la salud de la población.

Hoja de un árbol ubicado al frente de la finca, dañado por la deriva de agroquímicos, según señala la pareja de productores

“Este año se me cayó mucha fruta. Creo que no llegó a 100 bandejas. Me debe haber quedado entre un 20% y 30% de lo que cosecho habitualmente”, dice Figueroa, citando su propio caso. Pero durante la reunión los testimonios en este sentido son recurrentes.

Un gran obstáculo que frena el reclamo de los vecinos y productores es la falta de estudios sobre las consecuencias de la deriva en sus quintas. Por eso, la organización resulta clave para medir, a ciencia cierta, qué está pasando en la región. Y, en consecuencia, exigir cambios urgentes.

“En el raleo movía la rama y la mayoría de las flores se caían. Cuando me toca la floración, en octubre - noviembre, es cuando se hacen las aplicaciones de 24D en los campos que tengo en frente, a 500 metros. No tengo la prueba de la relación entre una cosa y otra porque no hice ningún análisis. Deberíamos financiar estudios para entenderlo mejor. Pero hacerlo es caro, por eso tenemos que organizarnos con otros productores”, dice Figueroa, mientras nos muestra las hojas picadas de los árboles que están al frente del predio.

"¿Por qué no se dispone un espacio de diez kilómetros alrededor de la ciudad para la producción de verduras?", reclama Figueroa

Para este productor y para muchos de sus colegas la solución no es prohibir las aplicaciones, sino legislar, ordenar el territorio. Proteger a los cinturones hortícolas del interior con regulaciones claras para garantizar la permanencia de las familias agricultoras.

“¿Por qué no se dispone un espacio de diez kilómetros alrededor de la ciudad para la producción de verduras? No digo una producción ciento por ciento orgánica para algunos pocos que puedan pagarla. Sino una producción sana, con buenas prácticas, usando tecnología, pero sin aplicar productos ni fosforados ni clorados, buscando alternativas”, desarrolla Figueroa.

Y cierra: “Hay que hacerle entender a los gobiernos que una hectárea de tierra le puede dar de comer a cinco personas, mientras que cien o mil hectáreas de agricultura extensiva le da trabajo a tres personas. Pero eso tiene que ser una bajada política, social”.



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