Connect with us

Agroecología

Rosario: El programa de Agricultura Urbana que salió "campeón del mundo"

Son las doce del mediodía y los celulares vibran una y otra vez en los bolsillos de los huerteros rosarinos. La noticia, publicada en todos los medios locales, se reenvía por WhatsApp con insistencia: la ciudad acaba de ganar un premio internacional por sus huertas urbanas. Se trata del programa “Producción Sostenible de Alimentos para una Rosario Resiliente”, que fue seleccionado entre 262 propuestas de 54 países y recibirá 250 mil dólares. La acción se distinguió entre proyectos de Ahmedabad (India), Londres (Reino Unido), Monterrey (México) y Nairobi (Kenia).

“Lo que realmente sorprendió al jurado fue el amplio impacto en la ciudad y en la vida de las personas”, dijo Ani Dasgupta, directora Global del Centro Ross para Ciudades Sostenibles del Instituto de Recursos Mundiales (WRI, por su sigla en inglés). Dasgupta destacó al programa por su aporte a la seguridad alimentaria, la inclusión social, la generación de puestos de trabajo y la resiliencia climática. ¿Todo eso al mismo tiempo? Sí, veamos porqué.

El programa dio su primer paso en 1987 gracias al Centro de Estudios de Producciones Agroecológicas de Rosario (CEPAR). Esta ONG construyó una huerta comunitaria en un asentamiento de la ciudad con la idea de que los vecinos se encontraran en un espacio común y produjeran alimentos -sin agroquímicos- para consumo propio.

Diversidad de cultivos en poco espacio, una de las características de las huertas urbanas

“Nos parecía una tecnología liberadora, que cualquiera podía hacer sin depender de insumos externos. Era una tecnología de proceso, que a su vez rescataba el conocimiento de la gente”, cuenta a InterNos el agrónomo Antonio Lattuca, referente agroecológico y quien, sin saberlo, sembró 34 años atrás la semilla de un proyecto que sería reconocido a nivel mundial.

En sus primeros dos años la huerta comunitaria resultó exitosa, así que el ingeniero -junto a otros colegas- pensó en multiplicar la experiencia. Al mismo tiempo, los huerteros solicitaron un cambio de metodología: en vez de compartir un espacio único, pidieron tener huertas parceladas para optimizar el proceso productivo individual.

Leer también: Hortícolas Tarijeños, una apuesta a lo colectivo

“En un principio se rompía la idea que teníamos de hacer un trabajo común. Pero aceptamos lo que la gente planteó, y se convirtió en algo muy práctico que llevamos a varios puntos de la ciudad. Permitió que cada persona desarrolle sus potencialidades. El que iba adelantado ayudaba al otro, cada uno elegía qué verduras hacer. Incluso, si tenían otra changa podían intercalarla con la huerta”, detalla Lattuca.

"Las crisis siempre sirven, porque las estructuras se mueven y permiten que surjan cosas distintas", Antonio Lattuca

La flexibilidad y la adaptación al cambio fue una constante del programa. De alguna manera hizo que creciera, traccionado por el interés de los vecinos. Así fue como, a principios del 2000, surgió la necesidad de instalarlo como política pública. Los técnicos del CEPAR se acercaron al municipio para avanzar en la institucionalización y, próximos a cerrar el acuerdo, conocieron a los ingenieros del Pro Huerta, que también buscaba hacer base en la ciudad. Todo fluyó naturalmente: articularon recursos, conocimientos, contactos. Con la gestión del territorio ya avanzada, firmaron un convenio y empezaron a trabajar en la promoción de huertas escolares, familiares y comunitarias bajo el paraguas de INTA.

Los protagonistas de los Parque Huerta, con barbijo para cuidarse de la pandemia por el COVID-19

No escapa a esta cronología que el 2000 fue un año de alta conflictividad social, con una crisis política que recrudecería meses después y terminaría con el presidente escapando en helicóptero de la Casa Rosada. Por aquel entonces, la demanda para formar parte del programa estaba directamente relacionada con los niveles de desocupación de la época; muchas familias accedían a las huertas para abastecerse de alimentos en una economía de subsistencia.

El plan inicial -proporcionar herramientas y semillas a pequeños grupos de huerteros- quedó rápidamente desbordado por las solicitudes de participación. La financiación de equipos, insumos y talleres de capacitación se incrementó y, en el plazo de dos años, cerca de 800 huertas comunitarias producían verduras para aproximadamente 40 mil personas.

"Trabajando el suelo, que a veces está abandonado, podemos darnos alimentos sanos y abaratar la canasta familiar", Tomasa Ramos

“Las crisis siempre sirven, porque la burocracia y las estructuras se mueven y permiten que surjan cosas distintas”, dice Antonio Lattuca. En 2001, decidieron que el siguiente paso debía ser no solo cuantitativo, sino cualitativo. “Con algunos colegas volvimos de un Congreso de Agroecología en Brasil con la idea de las ferias. Argentina no tenía ferias, salvo algunas aisladas. El objetivo era que los desocupados pudieran vender las verduras que producían y tener un ingreso más”, detalla el agrónomo.

La idea fue tomada por el municipio, que en febrero de 2002 dio inicio al Programa de Agricultura Urbana. Este inyectó recursos para las huertas y, a su vez, planificó los espacios y la logística de comercialización en ferias minoristas. “Las verduras se vendían a un precio similar al de la verdulería de la zona. No eran más baratas pero tampoco más caras. Los vecinos podían acceder a una verdura ecológica a un mismo costo que una verdura convencional. Y eso iba contra la idea de que ‘lo ecológico es más caro’”, dice Lattuca.

Leer también: Las Rositas: Agroecología y dignidad

Antonio Lattuca con una huertera rosarina. Foto de archivo (2019)

Como a la feria no podían llamarla “orgánica” porque requiere certificación, estas eran espacios de venta de “verduras libres de agroquímicos”. El trabajo articulado entre la ONG, el municipio y el Estado nacional -mediante los recursos de INTA Pro Huerta- le valieron el reconocimiento de FAO como una de las diez mejores políticas públicas de lucha contra la pobreza.

Lattuca llama a este período el de las “huertas de emergencia”. Proporcionalmente a la estabilidad y reactivación económica que mostró el país desde 2003, la cantidad de huerteros fue disminuyendo. Quedaron aquellos que vieron en la producción de alimentos un oficio. Hasta entonces, la necesidad de huertas se resolvía con terrenos prestados, cedidos por privados o vecinos de la zona. Pero ahora se abría el desafío de gestionar la disponibilidad de tierras a largo plazo para la producción urbana permanente.

"Es un programa redondito: lo abastecemos con semilla y con el seguimiento de los técnicos y técnicas", Pablo Nasi

En ese contexto, varias secretarías municipales colaboraron con la Universidad Nacional de Rosario en un estudio que reportó que un 36% de la superficie del municipio eran terrenos "baldíos". Estas áreas no habilitadas para edificar -y por lo tanto aptas para la agricultura- eran, entre otras, los laterales de vías de ferrocarril, de las autopistas; también suelos anegadizos o inundables -como el arroyo- y espacios públicos destinados a áreas verdes en espera de concreción por falta de presupuesto.

Leer también: Agroecología: menos mito, más ciencia

En 2004, el municipio firmó una ordenanza que aceleró la concesión de estas tierras para la agricultura urbana. El hecho, a su vez, dio paso a la figura de los Parque Huerta: espacios de producción permanente de alimentos frescos, flores y aromáticas.

El trabajo para la recuperación de estos lotes no fue fácil. La tierra estaba, en palabras del ingeniero, degradada. "Hicimos análisis: teníamos suelos bajos, suelos salinos, suelos poco fértiles porque habían sido utilizados para hacer ladrillos, suelos que habían tenido basura, suelos que habían tenido asentamientos. Pero hubo un gran trabajo de la gente y en poco tiempo se limpiaron y recuperaron con agregados de materia orgánica. Y se transformaron en pequeños vergeles, oasis en la ciudad”.

Los carteles de Parque Huerta en la periferia rosarina

Allí reside, en parte, la resiliencia climática que le reconocen internacionalmente al proyecto. “Muchas veces se dice de estos productores que ‘no pagan impuestos en la feria’ o que ‘les dan el terreno gratis’. Pero está invisibilizado todo ese trabajo social y ambiental”, agrega el agrónomo.

Hoy el Municipio cuenta con 40 hectáreas de producción agroecológica. Estas se dividen en siete Parques Huerta (cada uno tiene entre dos y medio y tres hectáreas) y tres “corredores verdes”, sumados a diez huertas municipales y otras tantas que son comunitarias y, por lo tanto, intermitentes en el tiempo. Se estima una producción anual de 2500 toneladas de verduras, frutas y aromáticas.

El proyecto de Agricultura Urbana está enmarcado en Rosario Emprende, un programa macro donde se gestionan políticas para distintos proyectos productivos, entre ellos los Parque Huerta. No hay requisitos especiales para acceder a la tierra: solo el compromiso de producir bajo un esquema agroecológico y colaborar con las tareas de mantenimiento del espacio común. No se paga ningún canon.

Recuperar las tierras fue una de las grandes tareas de los huerteros del programa. Acá, un predio que limita con la autopista.

“Hoy tenemos más de 250 familias y organizaciones sociales produciendo alimentos y vendiendo en ferias y mercados del municipio. Cuando una persona se quiere sumar, se entrega la tierra en comodato. Aproximadamente unos 300 metros cuadrados. Es un programa redondito: inicialmente lo abastecemos con semilla y luego con el seguimiento de los técnicos y técnicas”, dice Pablo Nasi, subsecretario de Economía Social de Rosario.

Publicidad

Una de esas técnicas es Tomasa Ramos, chaqueña que llegó a Rosario en la década del noventa y desde entonces no cesó en su trabajo con la tierra: fue huertera en cada una de las instancias que atravesó el programa de agricultura urbana. Hasta hace algunos años tenía su propio espacio en el Parque Huerta “El Bosque”, pero lo cedió porque fue contratada por la intendencia para acompañar a otros huerteros inexpertos en el manejo de los cultivos. 

“Lo que hago es acompañarlos en la preparación de la tierra con la pala, con la asada, a ver sus primeras semillas, a dar sus primeros pasos”, cuenta Tomasa a InterNos. A los que ya traen experiencia -que no son pocos- los asiste para perfeccionar las técnicas o aumentar la escala. Los fines de semana realiza trabajos de jardinería y huerta en domicilios particulares. Durante muchos años ese fue su principal ingreso, y si bien ahora tiene un trabajo fijo en el Estado municipal, quiere seguir difundiendo los beneficios de labrar la tierra.

Parque Huerta "El Bosque", donde actualmente trabaja Tomasa Ramos en el asesoramiento.

“Nunca lo voy a dejar, durante mucho tiempo fue mi medio de vida y me sirvió para que el vecino me vea. Para poder contarle que trabajando el suelo, que a veces está abandonado, podemos darnos alimentos sanos y abaratar la canasta familiar”, agrega.

Pero hay algo más que trabajar la tierra. El rol que los Parque Huerta ocupan dentro de sus comunidades es fundamental para terminar de comprender por qué se premia internacionalmente un proyecto de este tipo. Antes de la pandemia, cuenta Tomasa, técnicos y huerteros recibían a escuelas o a adultos mayores de Centros de Salud que se acercaban para conocer el trabajo en el predio. “No es solo sembrar el suelo, sino también poner las orejas al vecino. Escuchar. Analizar. Pensar juntos qué podemos hacer”, dice la productora.

“Lo que se premió, a mi entender, es la capacidad de inclusión del programa. Y también tiene que ver con la escala, la cantidad de gente a la que llega. Nació de la legitimidad propia de los huerteros y se convirtió en una política pública de más de veinte años”, complementa en ese sentido Pablo Nasi.

En esta foto pre-pandemia, vemos a estudiantes de la Escuela Goethe en el Parque Huerta de Molino Blanco

Cuando los funcionarios hablan de inclusión o integración, lo hacen en un doble sentido. El primero, y más obvio, es la alternativa productiva y comercial que ofrece el programa a todo aquel que quiera trabajar la tierra. Pero, en una segunda instancia, el término refiere a la valorización de los barrios donde están ubicados los Parque Huerta. Estos se encuentran en los márgenes de la gran ciudad, donde la conflictividad social es un tema presente.

“Algunas de estas personas viven en lugares con muchas necesidades. Y de repente encuentran en la huerta un lugar bello, donde se sienten reconocidos, valorados. La huerta les da un trabajo, pero también sentido a su vida”, dice Lattuca.

Leer también: "Todavía nos falta una definición urbana de soberanía alimentaria"

Nelly Cantero nació en Goya, Corrientes, donde fue quintera hasta que llegó a Rosario, 24 años atrás. Allí recorrió la ciudad, de huerta en huerta: comenzó en el barrio Las Flores, estuvo en El Mangrullo, Jorge Newbery y, desde hace dos años, es parte del Parque Huerta Oeste.

“Tuve muchas capacitaciones en aromáticas, medicinales, huertas. Y ahora soy capacitadora yo también. Me gusta mucho trabajar la tierra. Vivo de lo que vendo, de lo que hago”, nos cuenta desde el otro lado del teléfono. “Estamos re felices de que nuestra experiencia de vida recorra el mundo”, agrega.

Riego, siembra, cosecha: algunas de las tareas realizadas por los quinteros rosarinos

Sin embargo, a diferencia de los productores convencionales, los huerteros tienen características heterogéneas. No todos traen consigo experiencias previas con la tierra. Por el contrario, lo que prevalece es la diversidad. Quienes formaron parte del programa a lo largo del tiempo lo hicieron, en algunos casos, como alternativa económica en un momento difícil; otros para obtener un dinero adicional y otros para impulsar proyectos paralelos, como el caso que menciona Pablo Nasi a continuación.

“Hace poco visité a una chica que es chef, a la que echaron del restaurante donde trabajaba por la pandemia. Fue a un Parque Huerta e impulsó un emprendimiento a partir de sus verduras. En cuatro meses generó una hermosa huerta. Hace pastas con un esquema gourmet e ingredientes agroecológicos”, relata el funcionario.

La distribución de los Parques Huera, las "agroindustrias sociales", los viveros municipales y los corredores verdes.

En los últimos años el programa creció considerablemente. Rosario, junto a Colonia Caroya en la provincia de Córdoba, es una de las ciudades que ha sostenido en el tiempo sus políticas de planificación urbana y periurbana a favor de la agroecología. En 2017 este municipio creó el Centro Agroecológico Rosario (CAR), un espacio de tres hectáreas donde se concentra y sistematiza el trabajo realizado en el territorio.

Allí se producen semillas de libre polinización, se trabaja un jardín de plantas madres medicinales y aromáticas; también hay un espacio de árboles nativos frutales y semi-tropicales (mamón, mango, guayaba). En el predio se realizan ensayos y se trabaja en la elaboración de biopreparados. Además, existe una zona de compostaje donde se reciclan hojas del barrido municipal. “Es un lugar demostrativo, de investigación pero sobre todo práctico, de intercambio de experiencia entre técnicos y huerteros”, dice Antonio Lattuca.

Tomate, fresco de la quinta.

A su vez, el área de Economía Social dispone de “agroindustrias sociales”. Se trata de unidades de procesamiento a pequeña escala que proporcionan empleo a personas excluidas del mercado laboral formal y añaden valor a la producción primaria. En estas unidades se preparan bandejas de verduras listas para el consumo, se procesan productos para tartas, sopas, conservas y dulces; y se fabrica una línea de cosmética natural, compuesta por jabones, geles, cremas y champús.

Tanto Lattuca como Nasi coinciden en que la demanda de verdura agroecológica se encuentra en pleno auge. Por eso desde hace un tiempo trabajan también en la transición hacia este sistema productivo en zonas periurbanas, donde habitualmente se encuentran las quintas de productores convencionales. El precedente lo sienta, paradójicamente, la experiencia de agricultura urbana.

“Estamos re felices de que nuestra experiencia de vida recorra el mundo”, Nelly Cantero

Por otro lado, el municipio reservó unas 700 hectáreas en el cinturón verde para la producción de alimentos frescos y la conservación de la biodiversidad. Es decir: en dicha zona está prohibido construir o levantar edificaciones de ningún tipo. “Esto nos permite pensar a otra escala la producción de alimentos agroecológicos en el futuro. Generaría fuentes de trabajo y podríamos suministrarle a toda la ciudad alimentos de este tipo”, dice Pablo Nasi.

"La pandemia evidenció que la producción de alimentos tiene que ser el eje", aseguran desde el programa.

Leer también: "Ser agroecológicos ya no es una utopía"

Las autoridades todavía no conversaron qué pasará con el dinero del premio, pero todos creen que esa plata debe “quedar en el municipio” a través de infraestructura, maquinaria, semillas de calidad para los agricultores, más espacios verdes. Con las ferias ya institucionalizadas -hay tres o cuatro por semana- el objetivo es ampliar la capacidad productiva e integrar nuevos actores a este programa que ahora tiene su merecido reconocimiento en el mundo.

Necesitamos políticas transversales, que atraviesen lo productivo, lo ambiental y lo social. La pandemia evidenció que la producción de alimentos tiene que ser el eje, pero con técnicas que no dañen el ambiente y preserven la salud: de los que producen y de los consumidores”, concluye Lattuca.

Publicidad


¿Te gustó lo que leíste?

Acompañanos y formá parte de nuestra comunidad de lectores para garantizarte información de calidad.

Suscribite ACÁ.

Publicidad

Lo más leído